La gran cuchufleta

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Título/Pie de foto: Antonio Gil


El rector de la Universidad Católica tiene todo el derecho del mundo a ponerse el pecho morado y, si alguna vez le apeteciera, puede usar un silicio o dormir cabeza abajo como los murciélagos. Es dueño de su cuerpo y de sus credos, porque desde 1925 en Chile la Iglesia se encuentra separada del Estado y rige una absoluta libertad de culto. Vale decir, cada quien adora al dios que quiera, si es que quiere adorar alguno. Eso está consagrado incluso por la Constitución trucha del 80.

Las que parece que no tienen derecho alguno sobre sus decisiones ni sobre su cuerpo son las mujeres chilenas, que de someterse a un aborto tras haber sido víctimas de una violación estarían cometiendo un delito grave. Lo más curioso de esta situación es que, durante el gobierno de Ibáñez, en 1931, el aborto terapéutico fue legalizado y considerado dentro del código sanitario. Pero ocurre que, en 1989, la prodigiosa dupla compuesta por el almirante José Toribio Merino y el cura Jorge Medina logró, en la sombra de alguna sacristía, la modificación del artículo 119 del código sanitario, quedando la cosa en que «no podrá ejecutarse ninguna acción cuyo fin sea provocar el aborto». Así, la acción del dictador Carlos Ibáñez fue abolida bajo otra dictadura, lejana en el tiempo pero infinitamente más cavernaria y antipopular.

En otras palabras, lo que hoy se discute y se debate como algo novísimo no es otra cosa que una vuelta al pasado lejano para buscar ese sentido común mínimo que tuvieron los mismos que crearon el Cuerpo de Carabineros, el Banco del Estado o LAN Chile, entre otras instituciones y obras modernizadoras. Es importante que esto se difunda, ya que un manto de olvido ha caído sobre nuestro pasado para hacernos creer que siempre hemos vivido un medioevo escalofriante. En nuestro país existió el derecho al aborto terapéutico desde el mismo año en que Carlos Gardel protagonizara el cortometraje Rosa de otoño . Así de viejo es el tema.

Ahora, con respecto a que Chile es un Estado laico, nos parece que se esconde ahí una cuchufleta cada día más impúdica, porque los abiertos intentos de influencia del clero en las libres decisiones de los ciudadanos se hacen cada vez con menos anestesia. Y es francamente obsceno que en un país laico los escolares, al cantar la canción nacional, deban mentar a un misterioso «Señor» que, como baluarte, nos habría regalado la blanca montaña.

Es una vergüenza que la legislación chilena relegue a nuestras mujeres a niveles yemenitas por antojo y capricho de algunos señores que, si bien tienen derecho a pensar como quieran, no lo tienen a la coerción moral ni a la administración de normas de ningún tipo, salvo al restringido grupo de quienes profesen esa militancia religiosa que hoy se cae a pedazos.

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