Pupo

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Título/Pie de foto: Neil Davidson


Neil Davidson

La necesidad para una familia de tener un perro es como un volcán. Bajo la tierra, en las profundidades de la psiquis de los niños, se acumulan presiones primitivas, calóricas e inestables. En la superficie, los lugareños, puestos sobre aviso por las primeras fumaradas y los rumores premonitorios, intercambian miradas; pero a medida que pasan los meses sin que esos fenómenos aumenten, vuelven a sus actividades sensatas de siempre. Y luego, de la nada, se produce una especie de vértigo y el mundo se llena de ladridos, charcas de orina, el restallido seco de las garras que patinan contra las baldosas de la cocina, y la mirada de unos ojos cafés cariñosos y leales, pero también fijos y exigentes, llenos de expectativas.

Sólo que nuestro perro no ladra. Se llama Pupo d'Fluff -no sé cómo lograron inventar mis hijos un nombre que evoca tan instantáneamente a un aristócrata luxemburgués de medio pelo, habituado de los casinos de la Côte d'Azur de alrededor de 1958- y es un pug. «No ladran», me explicó mi esposa cuando fuimos a comprarlo; «no molestan en absoluto». Yo siempre había creído que los perros se regalaban; ahí descubrí mi error. Pero es cierto que Pupo está hecho a la medida para la vida urbana. Yo había logrado deshacerme de nuestro perro anterior, un quiltro con antecedentes de cocker spaniel y golden retriever, con el argumento de que Santiago no podía contener una energía tan bulliciosa, una alegría tan vociferante. Fue enviado al campo; pero Santiago es perfecto para Pupo, que corre en círculos en el patio hasta desplomarse en su cojín, agotado con el esfuerzo de respirar por unas fosas nasales estrechas diseñadas por los criadores chinos de antaño justamente para limitar la autonomía de esa raza.

Ahora lo hemos llevado al campo a su vez, pero de vacaciones. Está justificando su precio, porque, como un profesional consumado, se adaptó de inmediato a ese nuevo entorno: en vez de correr en círculos, anda husmeando en los alrededores de la casa, comiendo los objetos que encuentra en su camino. Se ve adorable con su cara arrugada, y si hubiera que reprocharle algo a su aspecto, sólo podrían ser los ojos. A veces te observa fijamente con esa mirada llena de respeto y curiosidad que tienen los demás perros, pero con frecuencia le bajan ataques de locura, y es cuando empieza a girar en su cabeza que uno se da cuenta de que la parte interior de los blancos de esos ojos desorbitados es de un color café malsano. Una vez se abrió camino por mi axila y apareció sorpresivamente delante mío en ese estado, y en la caverna de su boca estirada se advertía su lengua enrollada como una corneta de cumpleaños, lista para ser descargada en la cara de uno de esos niños que sólo quieren pasar inadvertidos, pero terminan sirviendo de recipiente para las energías ajenas.

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