La misa y el festival

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Por televisión uno ve un mero espectáculo en los festivales de provincia, pero los lugareños asisten a un acontecimiento, cuyo simbolismo guarda relación con la identidad y la preservación de la aldea.

Leonardo Sanhueza

En un noticiario mostraron las caras del público asistente a un festival de provincia -no sé cuál: no el de Viña, en todo caso- y me pareció detectar en ese mosaico de gestos una presencia importante de resignación, como gotas de grasa que flotaran en la homogénea superficie del entretenimiento. Sólo ahora caigo en la cuenta de que ese tipo humano es una parte más o menos estable del personal de todos los festivales veraniegos. No se trata de gente que no quiera estar ahí o que lo esté pasando mal, sino de sujetos que dejan la impresión de estar ahí de oficio, por órdenes superiores o por una suerte de consentimiento social. Están en la platea sin estar del todo, como esos militares que a veces tienen que hacer acto de presencia en la premiación de un concurso literario o en el homenaje municipal a un hijo ilustre: en sus rostros no se ve ni una sombra de displicencia, pero tampoco brilla alguna emoción reconocible.

Son, sin embargo, transparentes. Ahí, tan impasibles como se ven, expresan con solemnidad el significado del festival de verano: un rito que renueva el contrato con la vida de provincia. Por televisión uno ve un mero espectáculo, pero los lugareños asisten a un acontecimiento, cuyo simbolismo guarda relación con la identidad y la preservación de la aldea. Si se trata de entretención, sería mucho más práctico y efectivo organizar una especie de Lollapalooza pueblerino, con numerosos y diferentes escenarios que les garanticen pasar un buen rato a los jóvenes, a los viejos, a los niños, a los adultos. Pero el festival de verano los quiere a todos en el mismo recinto: es una misa ecuménica, a fin de cuentas, y resulta tan entretenido como eso.

Por eso resulta inimaginable hacer un festival en Santiago. En una ciudad grande como ésta, donde los vínculos entre los habitantes y su hábitat son difusos o se hallan concentrados en las comunas o los barrios, un festival veraniego de orden metropolitano no tendría el menor sentido, a menos que se le diera algún carácter específico. Puede haber, y de hecho los hay por cantidades, festivales de jazz, de cumbia, de evangélicos, de poetas, de música contemporánea, de teatro, de circo: en Santiago uno puede encontrar festivales de cualquier cosa, pero difícilmente podría haber uno «general», porque no hay razones, más allá de las aficiones y los gustos, para prestarle atención a la generalidad metropolitana, mucho menos desde el compromiso cultural e identitario. Piénsese en lo siguiente: la última iniciativa intercomunal exitosa fue la llamada Fiesta del Melón con Vino.

En la provincia los festivales, por lateros que resulten para gran parte del público, representan una alteración de la monotonía, realizada en nombre de la aldea, del pueblo, de la ciudad: una celebración casi religiosa de la localidad. Quizás por eso a menudo tienen un aire teatral, algo un poco grotesco, como de película de Fellini: pareciera que no están ocurriendo en este mundo, sino en algún sueño, o pesadilla, en que la belleza y la fealdad son la misma cosa.

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