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Autor de la Foto: Richard Salgado
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La única pregunta que se puede hacer uno al respecto, desde la tristeza más abrumadora, es por qué cayó tan bajo el campeón con mejor rendimiento de los últimos años.
Esteban Abarzúa
Cualquier cosa que se pueda decir en este momento sobre su desempeño futbolístico sería pegarle en el suelo a la U de Martín Lasarte. De aquel equipo que ahogaba a los rivales en los primeros diez metros de cada salida y que al recuperar el balón se obligaba a armar una jugada de gol en los primeros diez segundos de la posesión, porque así de rápido querían jugar y llegar al arco contrario, ya no queda nada.
La U de Lasarte no era un espectáculo, pero a veces funcionaba como una máquina y en su camino al título perdió un solo partido. El problema es que en los últimos dos meses ha jugado todos los partidos como ese duelo en el que cayó ante Colo Colo: con inesperada lentitud en las transiciones, lateralización excesiva de los pases y pasmosa inseguridad en la finalización de jugadas.
La única pregunta que se puede hacer uno al respecto, desde la tristeza más abrumadora, es por qué cayó tan bajo el campeón con mejor rendimiento de los últimos años. La U de Lasarte no jugaba tan lindo como la U de Sampaoli, pero siempre puso todo lo que tenía y les ganó a muchos entregándose al límite de sus posibilidades. A lo mejor hay una respuesta en esa sobreexigencia que determina una etapa posterior de cansancio físico, sobrecarga emocional y, sobre todo, fatiga cognitiva. Se acabaron las soluciones ante los problemas fundamentales que genera todo partido de fútbol. Lo que antes parecía sencillo ahora es casi imposible: el gol perdido por Gustavo Canales en la boca del arco, el remate hacia las bengalas de Rocky González, la desnutrida cobertura defensiva en el gol de Emelec. Guardar el estado de ánimo para la Copa Libertadores también fue un error: un equipo que juega mal mejora en la cancha, no en la almohada del entrenador.
Ante una situación como esta las peores reacciones surgen del hastío, la vergüenza o la rabia. Los campeones de ayer empiezan a retirarse con la frente baja y la mirada perdida. Lo que hay que hacer ahora es solo para valientes: seguir jugando, mantener las convicciones y hacer los cambios que corresponda cuando llegue el momento. Lo de Lasarte ha sido un oasis en el declive natural de todo equipo después de un ciclo tan virtuoso como el de Sampaoli. Todavía merece elogios, quizás hoy más que nunca.


