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Autor de la Foto: MIGUEL ARENAS
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Título/Pie de foto: Esteban Abarzúa
El desafío no era menor: había que ganarlo y la manera en que se ganó le permite creer en el futuro de la misma forma en que Felipe Flores cree en sí mismo.
Esteban Abarzúa
Luis Mena, once veces campeón del fútbol chileno entre 1996 y 2014, es el símbolo de la resiliencia en Colo Colo: los entrenadores traían jugadores de todo tipo para desplazarlo en la defensa, haciéndolos jugar hasta donde les daba el cuero, y al final siempre aparecía el rubio de Puente Alto, usualmente entre la quinta y la décima fecha, para quedarse con el puesto ante una lesión o una serie de chambonadas del titular.
Es la lógica del refuerzo escondido, ese jugador que no está en los planes y que sale de la nada para tapar un hoyo, poner el pie donde más se necesita o hacer el gol del año. Felipe Flores está haciendo lo mismo ahora en Colo Colo, pero es un Lucho Mena chascón, una especie de peleador callejero afortunado que tiene sus días buenos y sus días malos y termina jugando porque aprendió a leer el fútbol donde más se nota: en la zona en que la posesión de la pelota se convierte en jugada de gol.
Flores iba a ser el quinto delantero de Colo Colo este año, detrás de Humberto Suazo, Esteban Paredes, Juan Delgado y Luis Pedro Figueroa, pero anoche ante Atlético Mineiro fue el primero, el más incisivo y el que abrió la defensa brasileña cuando a los demás se les empezaba a nublar la vista. Cuando Flores abrió la cuenta, pasada la media hora de juego, el partido era una especie de paradoja de los entrenadores: Héctor Tapia sabía que su colega Levir Culpi lo iba a buscar de contragolpe, Culpi sabía que Tapia iba a defenderse con largas posesiones de balón y Tapia sabía todo eso de vuelta. Colo Colo y Mineiro se estaban neutralizando con alevosía cuando Flores inventó una zurda de treinta metros que se le escabulló al arquero visitante, un remate incluso ingenuo que, sin embargo, tenía veneno en su rasante trayectoria. Esos goles, antes de hacerlos, hay que soñarlos.
Después de Flores, la historia cambió por completo. Mineiro intentó mantener su organización defensiva porque, en el fondo, no tenía un plan B para ir en busca del resultado. Cada intento de llegar al arco defendido por Justo Villar era una oportunidad para Colo Colo de hacer daño al otro lado y, de hecho, bastó que los brasileños adelantaran cinco metros su última línea para que las oportunidades de gol cayeran una tras otra en su área. El 2-0 era lo mínimo que merecían los albos a esa altura.
Al final, Colo Colo aguantó muy bien la exigencia emocional del debut, a cuatro años de su última incursión en la Copa Libertadores y a siete de su última clasificación a la siguiente ronda. El desafío no era menor: había que ganarlo y la manera en que se ganó le permite creer en el futuro de la misma forma en que Felipe Flores cree en sí mismo.


