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Título/Pie de foto: Antonio Gil
Las fiestas veraniegas chilenas están muy alejadas de esas divertidas extravagancias con que se regalan los habitantes de países con más onda y menos pundonores municipales que nosotros.
Antonio Gil
Afortunadamente, no sólo existe el desaforado festival de sinvergüenzuras, «raspados de la olla» y «manotazos» que nos ha traído, como una peste, el calor del 2015. Cada pueblito y villorrio del país organiza otro tipo de festivales, para entretener a sus nativos e incrementar el turismo local. Hablamos de la Semana de la Independencia en Talca, el Festival Linares Canta en Verano, el Festival de Viña del Mar, el Festival del Río en Cauquenes y el de Cultura Móvil en Coronel, la Fiesta del Agua en El Quisco, la Fiesta Tapati en Isla de Pascua, el Carnaval Andino con la Fuerza del Sol en Arica, el Festival de Jazz y el maravilloso Festival Canela, donde el pueblo más pobre de la patria canta en verano. También tenemos el Encuentro Costumbrista de Villa Cerro Castillo en Magallanes, donde Cristo perdió el celular, y el Encuentro Costumbrista de Valle Simpson en Coyhaique, además del trigésimo noveno Festival de la Sandía de Paine.
Pero no queremos seguir lateando. Lo cierto es que Chile en verano es un festival, música frente al mall. Y todos, respetuosamente, con ese estilo modosito, predecible, colijunto, aburrido y por completo carente de carácter ninguno. Una realidad muy alejada de esas divertidas extravagancias con que se regalan los habitantes de países con más onda y menos pundonores municipales que nosotros. Pensamos, por ejemplo, en el Festival del Queso Rodante en Gloucestershire, Inglaterra: allí, según los locales, desde el siglo V los habitantes echan a rodar un gigantesco queso y los participantes lo persiguen por la colina de Cooper, nada menos que a 110 kilómetros por hora, para quedarse con él.
También está el festival en homenaje al pene, que se celebra anualmente en Kawasaki, Japón: allí se exhiben falos gigantescos como carros alegóricos, como estatuas, pero también pequeños, como chupetines de chocolate, de caramelo, siempre erguidos entre miles de japoneses disfrazados de ese tan renombrado órgano masculino.
No nos olvidemos del «freak festival» que los fanáticos del fenómeno OVNI efectúan en Roswell, Nuevo México. Ni del Festival Gastronómico del Gato, en Cañete, Perú, donde se ofrece toda suerte de preparaciones a base de gato, destinadas a ser degustadas por los asistentes. Está también la tradicional y divertidísima «tomatina» en la localidad valenciana de Buñol (replicada con gran éxito al menos el año pasado en la chilenaza comuna de Quillón), donde los participantes se arrojan tomates hasta quedar como personajes de una película de Tarantino. O el Festival del Mono en Tailandia, donde millares de simios son agasajados con miles de kilos de fruta, como agradecimiento por su entretenida y antigua presencia entre las gentes del pueblo.
¿Locuras? Por cierto, pero de esas que nos hacen tanta falta en Chile, donde cada verano, de pueblo en pueblo, abundan y hasta se repiten los animadores tiesos, los cantantes desafinados y los humoristas fomes como acuario de almejas.


