Los técnicos son fusibles, sí, pero en la U no se queman solos: los conectan a un sistema hecho para que fallen.
Desde que fue parte del laboratorio táctico de Jorge Sampaoli en la U y en la Selección, Francisco Meneghini cargó con esa profecía menor que a veces persigue a los ayudantes aplicados: algún día volvería a ponerse el buzo azul. Era su turno. Primero Sebastián Beccacece; después Paqui, el padawan prolijo que le daba a la U una cuota reciclada de bielsismo, como si la nostalgia también pudiera jugar de volante mixto.
El currículum estaba en regla: Bielsa, Sampaoli y una carrera ascendente sin estridencias. En Unión La Calera y Audax le dieron rodaje, en Everton insinuó una idea, en Defensa y Justicia aprendió a fracasar y en OHiggins se terminó de graduar.
En Rancagua mostró dos credenciales que en el fútbol valen más que un powerpoint: carácter para bajar a Joaquín Montecinos cuando coqueteaba con otro club y convicción para apostar por jóvenes que devolvieron la confianza con una clasificación a la Copa Libertadores.
¿Estaba listo para la U? Imposible saberlo. Lo despidieron antes de que el experimento empezara a parecerse a algo. Y ahí está la trampa: lo fueron a buscar por lo que había hecho con futbolistas jóvenes y luego le entregaron el segundo plantel más viejo del campeonato, coronado además por tres goleadores de edad, cartel y sueldo casi iguales a los suyos. A Meneghini lo arrojaron de cabeza a una contradicción. Los técnicos son fusibles, sí, pero en la U no se queman solos: los conectan a un sistema hecho para que fallen.


