Sepa quién le puso la lápida al carnaval de febrero en Chile

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Autor de la Foto: EFE
Título/Pie de foto: La actriz brasileña Claudia Raia desfiló con la escuela de samba Beija-Flor, que ganó con polémica.


Era presidente y le dio origen a un conocido sándwich nacional

Tres historiadores postulan que se debe a la falta de esclavos negros y la fomedad patria.

David Albrecht

Considerando el desenfreno que genera el carnaval de Rio de Janeiro, a fines de febrero de cada año, es difícil creer que esta fiesta se relaciona a la Cuaresma, período de 40 días previo a la Semana Santa, donde el recogimiento y la penitencia mandan. Pero esa es la idea. Son los últimos días antes de esa etapa, por lo que los creyentes se sueltan las trenzas. De hecho, la palabra proviene del latín «carnelevare», que significa sacar la carne, alimento prohibido durante la famosa Cuaresma. Entonces, si Chile es un país católico, ¿por qué no celebramos el carnaval como sí lo hacen en Brasil, Perú, Colombia, Uruguay, España, Alemania y un largo etcétera? No existe una línea definida entre los expertos, pero los consultados destacan un par de motivos.

Tema de piel: «Hay que ponerse en el contexto de Chile», comienza aclarando Jaime Etchepare, profesor del Departamento de Ciencias Históricas y Sociales de la Universidad de Concepción. «Los carnavales se desarrollaron con mayor intensidad donde hubo una población de origen afro esclava, esto es Brasil, Perú, Nueva Granada o Colombia. En Chile la esclavitud no tuvo mayor relevancia porque el hombre negro se aclimató mal, ya que el frío hacía que se enfermara de tuberculosis. Además, era una inversión cara y muy elegante. Tampoco eran necesarios, ya que había mano de obra abundante entre los indios sometidos. Eso contribuyó a que no se difundiera con la alegría y exuberancia propia de esta raza», concluye.

Un país serio:otra patita serían los constantes esfuerzos de las autoridades de turno a la hora de apaciguar la alegría del pueblo. Juan Wehrli Romo, licenciado en Historia de la Universidad de Chile y pastor luterano, declara que «la cultura carnavalesca es propia de pueblos de espíritu festivo, y aquí en Chile el carnaval pronto se vio como un contrasentido, una Cuaresma con características católico-medievales, tétrica y tenebrosa».

Esta civilidad forzada, que comenzó en 1816 cuando el gobernador de la corona española en Chile, Casimiro Marcó del Pont, prohibió las «carnestolendas» para «tomar la más seria y eficaz providencia que estirpe de raíz tan fea, perniciosa y ridícula costumbre», y que se repite durante el gobierno de Prieto (ver columna), se potenció durante la Belle Époque chilena, período en que los nacionales, algo arribistas, querían ser flemáticos y empaquetados.

Lo reafirma el historiador Gonzalo Peralta: «Esta fiesta vuelve a ser atacada nuevamente hacia fines del siglo XIX, donde el carácter de la élite, y que el pueblo debía imitar para ser civilizado, es el estilo victoriano, muy rígido, de control de emociones y de alta racionalidad, identificando las manifestaciones carnavalescas como primitivas, populacheras, asociándolo a la pérdida de control», control que finalmente queda decretado de manera presidencial en 1915, cuando el entonces primer mandatario, Ramón Barros Luco, promulga la Ley 2.977, que descarta al carnaval como feriado nacional.

* Conozca algunos países latinoamericanos que celebran el carnaval: http://www.casamerica.es/contenidoweb/el-carnaval-en-america-latina

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