Ruido

Fecha:

FOTOS DE REFERENCIA (Cargar Manualmente):

FOTO 1
Ruta: /2015/02/23/Cultura@1_G462KPIBM_1_CUL_COL_Merino_2302_IMG.jpg
Título/Pie de foto: Roberto Merino


Roberto Merino

La calle en la que vivo debe ser una de las más ruidosas de Santiago. Hablo de ruido incisivo, persistente, no del sordo rumor de la ciudad. Ahora mismo, mientras escribo, escucho el sonido afónico de una bomba propulsora con la que están limpiando el pavimento. Dicen que ha habido un derrame de líquidos percolados. Un problema vinculado a un supermercado cercano. Cuesta mucho de esta manera pensar en cualquier cosa y lo que se impone es una especie de angustia de encierro. En cualquier parte del mundo esto sería considerado una demencia: ruido de fierros furiosamente friccionados durante horas.

En la noche hay fiestas en los departamentos de los edificios vecinos. Si son lejanas no molestan nada, se perciben como música y conversaciones de fondo para acunar el sueño. Operan como discreta compañía nocturna. A veces, sin embargo, se verifican aquí mismo, a veinte metros. Cuesta en este caso diluir la sensación de estar siendo invadidos. El golpeteo de las baterías programadas en 2 por 4, incesantes, va dejando su huella en la conciencia machacada. A través de las ventanas -que no se pueden cerrar por riesgo de sofoco- se filtran las voces humanas irregulares, como a tropezones. Cuando una brecha de silencio nos produce un momentáneo alivio, cuando creemos que podremos restituir el sueño descosido, viene una nueva carga: graznidos cascados de viejas opinantes, recriminaciones de curados, carcajadas imbéciles.

Cuando los fiesteros se han ido con sus respectivas resacas aparece -por segunda o tercera vez en el día- el camión de la basura, acelerando y desacelerando, frenando con chirridos, mientras los basureros se chiflan entre ellos y dejan caer bruscamente las puertas de los contenedores plásticos.

Antes de las siete de la mañana llegan los camiones que abastecen a los negocios de las inmediaciones, a un par de supermercados, a una tienda de «retail», a panaderías, ferreterías, qué sé yo. Tratan de ocupar su puesto en la zona de descarga, para lo cual se estacionan en reversa, activando unos pitidos eléctricos propios de este tipo de maniobras. Luego algunos se quedan esperando con el motor encendido, cuyo sonido continuo, desesperante, se encajona en las paredes de los edificios y llega a multiplicado a los departamentos ubicados en los pisos superiores.

Se entenderá que el corolario de estos estímulos repetidos todos los días es un tremendo cansancio, un desgaste que va minando el ánimo desde un segundo plano. Por eso, hacia las once, el momento en que se presentan los músicos a animarles la cueca a los clientes de los cafés, uno siente el impulso, las ganas, de largar un grito paralizante. Se hablaba antes de la «jungla de cemento» para explicar la ferocidad de la vida urbana, pero sé que la actividad acústica de la jungla es algo más armoniosa. Los músicos callejeros son por lo general pésimos. No por una cuestión técnica, sino porque parecen tocar con mala voluntad. Sean jazzistas a la usanza de Nueva Orleans, quenistas de ojos cerrados o intérpretes de tangos en armónica, siempre parecen muy distantes a la emoción específica de la música. Ah, «Tea for two», «El pájaro campana», «Gracias a la vida», el sonsonete edulcorado de unos días exaserantes.

Compartir:

Hoy en lun.com

Tendencia

Artículos Relacionados

$2.831.336.713: detalles de polémica auditoría por remodelación en ministerio de la Mujer que partió en 2023

Exministra Antonia Orellana rechaza el peritaje La subsecretaria de la...

Entretelones del tenso cruce entre Gala Caldirola y Coté López

La española habló anoche en Primer plano sobre su...

Pamela Díaz sentenció a Mago Jiménez y Pinilla: «Son un par de fallados»

Así los tachó la animadora en un podcast Tras el...

Ojo si se topa con alguno de estos cascos: los robaron de un museo

Hay piezas de Eddie Irvine, Clay Regazzoni y Eliseo...