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Título/Pie de foto: Larry Moe
Del coro de Alejandro Fernández a la gloria, sin escalas.
Larry Moe
En los últimos años el temita de la elección de reina del Festival de Viña ha perdido el glamour que alguna vez tuvo y lo ha hecho de forma exponencial. Ha habido desde acusaciones mojigatas de que una candidata trabajó en un cabaret a cabros chicos arrojados a la piscina para arruinarle la coronación a otra. Ahora hay paneles de farándula divididos y autocensurados por este asunto, acusaciones de coimas, tocadas de orejas entre generalísimos. Todo muy fome.
Por eso, la visión de anoche de ese trío de coristas de Alejandro Fernández vino a representar un bálsamo. De una parte, el pueblo televidente organizado en asamblea espontánea unge a una de ellas como reina del certamen ipso facto. De otra, esta misma situación hace trizas los protocolos tan empaquetados que han ido rodeando este ritual.
¿Acaso una elección como ésta no debería estar libre de las limitaciones de inscripciones y escrutinios como hacemos con los políticos? ¿No debería surgir la reina del corazón del pueblo consumidor de los pormenores del Festival, acuartelado en las redes sociales?
A la chiquilla en cuestión, Zoe Bello, hay que hacerle saber que el trono es suyo. Y que, como buenos súbditos suyos que somos, no reconoceremos a ninguna otra soberana que se nos quiera imponer. Corta.


