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Título/Pie de foto: Vicente Montañés
Vicente Montañés
Los surrealistas, hace años, proponían el truco de la escritura automática. Último recurso, me dije. Falto de inspiración, con la mentalidad en sombras (era casi medianoche), había cerrado mi computador y daba vueltas por la casa. Estábamos, los chilenos, a mitad de semana. Sentí una mordedura en el hombro: alguien había dejado la puerta abierta y el aire negro del jardín lo enfriaba todo. Agónico el verano, me invadió una inmensa tristeza.
Agarré lápiz y papel, e invoqué al fantasma de André Breton: nada mejor -razoné- que dejarme llevar por los caprichos del inconsciente. Y escribí una frase espontánea: «El dolor de una madre».
¿El dolor de una madre? Plop. Cerré un ojo para mejor examinar con el otro esa terrible anotación: «El dolor de una madre».
Qué es esto, me dije, si a mí la política chilena ya no me produce ni fu ni fa. Pero ahí estaba: «El dolor de una madre». ¿Sería un ardid comunicacional del duende Peinadillo? ¿O una maniobra semántica del robusto financiado?
Miré la pantalla aún encendida en el salón. Una anciana lloraba en Esmirna o Estambul. Claro, las teleseries turcas. Ahí estaba la madre de Mustafá, agonizando de pura vergüenza; o tal vez era la progenitora de Ezel, ciega y de pronto dudando de su olfato: esas lágrimas colonizaban mi corazón. Ay, ay, ay. Y yo creyendo que era el espíritu de Bachelet quien guiaba mi mano de escritor frustrado.
Pero esas madres turcas no padecían conflicto alguno de roles. Sufrían tan sólo, y derechamente, por sus hijos que -víctimas o victimarios- eran simples asesinos por mala pata o vengadores enamorados. Engañados o engañadores de a pie. No les daba el mate para tráfico de influencias a nivel de palacio (no, al menos, a Mustafá, a quien todo negocio le sale mal: puede que ya sea un cadáver no político).
El hijo muerto es una idea que a las madres les eriza el cabello. Bachelet contempla a su hijo: él está muerto de rabia y ella muerta de pena. De pronto, como relámpago, una idea genial -no sé si propia mía, pero no está el momento para detalles- se clavó en mi neurona de turno: la presidenta se perdió una gran oportunidad. Si le hubiera pedido la inmediata renuncia al vástago Dávalos, ya su nombre circularía como leyenda mundial de probidad. Sería la gran estadista que siempre quiso ser Lagos.
Pero luchaban en ella la madre del socio-no-cultural y la gobernante-país de la que todos somos administrativos hijos. Y hermanos en democracia. Bueno, ambas se derrotaron recíprocamente. Ah, maldita tragedia por superposición de roles.
Cabeceaba. Vi en el entresueño a un cazador clavando su lanza en el lomo de un jabalí. Era Meleagro, que andaba coqueteando con la salvaje Atalanta. Su madre, la reina del país, guardaba en la cómoda un leño que, si llegaba a quemarse, causaría la muerte segura de su hijo. Cosas de la mitología griega. Cuando Meleagro acuchilla a sus tíos celosos, la reina se debate entre su amor de madre y su indignado afecto de hermana. Agarra el trozo de madera y observa el fuego del hogar.
Desperté a tiempo, sudando: uf, me dije, mejor no sacar lecciones políticas. ¿O sí? Ustedes, lean completa la historia: da nervios.


