Pescadores: organigrama tenía cargos, nombres y conceptos para cada paso de la operación
Catorce personas fueron detenidas. Eran liderados por una mujer que tiene un hijo y un yerno en prisión. Prefecto de la PDI cuenta cómo operaba.
Realizada la denuncia, se inició una investigación del Subdepartamento de Investigaciones Especiales de Gendarmería en conjunto con la PDI. La primera parte concluyó esta semana con la detención de 14 personas y el allanamiento a 21 celdas, donde encontraron 19 celulares, armas cortopunzantes y droga. Veinticinco reclusos estaban asociados de alguna manera a la banda criminal.
La pesquisa, en total, demoró cuatro meses dice Marcelo Rebolledo, prefecto Contra el Crimen Organizado Sur. «Hubo un trabajo de inteligencia, vigilancia y seguimiento. Teníamos que determinan quiénes eran los lanzadores para seguirlos hasta sus casas y luego encontrar a los líderes y proveedores».
La organización
1.- La jefa . La banda operaba bajo las órdenes de Paola, madre de uno de los internos, que figuraba como líder dentro del penal. Su brazo derecho era el pololo de su hija, también recluido en la cárcel.
El hijo le hacía las solicitudes a la mamá: desde droga hasta celulares, pasando por Clonazepam y Viagra. Incluso un churrasco o una hamburguesa si estaba antojado.
Tras recibir la mercancía, el hijo y el yerno de Paola se encargaban de comercializarla entre la población penal.
«Paola coordinaba todo desde afuera. Reclutaba los teléfonos, la droga, armaba los paquetes y negociaba con los lanzadores. En promedio, a diario se realizaban cinco lanzamientos», cuenta el prefecto .
2.- Los proveedores . Una mujer fue detenida en Rancagua. Su función era comprar vía AliExpress celulares provenientes de China que enviaba por encomienda a Paola. Importaba smartphones y unos pequeños equipos de 6,8 centímetros de largo, que caben en un puño cerrado.
Los internos los requieren porque son fáciles de camuflar durante las revisiones. Los llaman «pichi ratas». El hijo los vendía en 50 mil pesos.
Los smartphones costaban desde $150.000, dependiendo de sus atributos tecnológicos.
Los dealer, encargados de proveer la pasta base o «pollo» en lenguaje canero, operaban desde la Región Metropolitana, cuenta el prefecto Rebolledo. Paola la compraba y luego la abultaba en su casa con ayuda de otras sustancias (cal, por ejemplo).
A continuación la dividía en papelillos con dosis de 0,2 gramos. Cinco de esos mini paquetes eran envueltos en hojas cuadriculadas para convertirlos en «cajones», como los llaman los presos.
Cada cajón era vendido en 50 mil pesos.
«La droga dentro de la cárcel cuesta tres o cuatro veces más cara que en el exterior», indica Rebolledo.
Finalmente, había proveedores de alcohol y comida. Funcionaban tal como un delivery: el hijo hacía el pedido desde la cárcel y luego coordinaba con un lanzador el punto de entrega.
3.- Los lanzadores . Son hombres, que tras años de práctica, se han convertido en expertos tiradores de «pelotas». La PDI detuvo a cinco de ellos.
El más requerido era el hijo de la proveedora de Rancagua, un ex recluso con arresto domiciliario. Sus atributos: una puntería a toda prueba y su responsabilidad. Jamás se robaba algo de la pelota antes de lanzarla.
Por su eficiencia llegó a hacer hasta 15 lanzamientos en una noche. Trabajaba entre las 19 y 23 horas y cobraba 30 mil pesos por tirar una pelota con celulares y 20 mil por arrojar un «charlie» como denominan un paquete con pasta base.
«Paola se encargaba de armar el paquete en su casa», asevera Rebolledo. La mercancía era envuelta en un pañal, luego en goma Eva y colocada dentro de una malla para fruta o cebolla. Esto para facilitar la «pesca».
Los lanzadores caminaban 500 metros por el cerro hasta llegar al punto exacto. Preferían las noches de lluvia y neblina, que son muy frecuentes en Valdivia.
«Gendarmería está viendo cómo ampliar los cercos perimetrales de la cárcel y limpiar el cerro para que los lanzadores sean vistos. Afortunadamente cinco quedaron en prisión y no es fácil reclutar a nuevos lanzadores», agrega el prefecto.
4.- Los pescadores . Los llamados «perritos, Perkin o gárgolas» tenían como misión recoger las pelotas que eran arrojadas desde el exterior. Utilizaban unas «arañas», que son unas especies de anzuelos de confección artesanal, que amarraban a una cuerda y a un peso, elaborado con una piedra o botella plástica cubierta con un calcetín.
Con la práctica lograda, demoraban nueve segundos en «pescar» el paquete. A cambio recibían un pago consistente en una o dos dosis de pasta base. «Ellos se conformaban con servir a su jefe y tener droga para consumir. Son reclusos con antecedentes de tráfico», explica el prefecto.
En este punto era clave la coordinación entre el hijo, el lanzador y el pescador. Primero, había que distraer a los gendarmes. Utilizaban dos sistemas: arrojaban un objeto contundente a otro patio. Dos gendarmes corrían a ver de qué se trataba, por lo que les quedaba libre la pista.
En otras ocasiones, para tener más tiempo, fingían una emergencia sanitaria en otro módulo. Por protocolo cuatro funcionarios acuden a este tipo de llamados.
Cuando el hijo comprobaba que estaban las condiciones adecuadas, daba la orden de lanzamiento por mensaje telefónico. «65 pata de conejo suerte» era la clave.
A su vez le avisaba a los pescadores -que trabajaban de a tres- para que recogieran el paquete de inmediato.


