El título de este comentario, que parece referirse a un equipo deportivo victorioso, se justifica plenamente para manifestar lo que fue el más reciente programa ofrecido en la temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional. Allí triunfaron dos artistas muy jóvenes, menores de 30 años: la violinista checa Pavla Tesarova (25) y el director chileno Luis Toro Araya (28). Casi unos lolos.
Con la vara instalada muy alta en 2023 tras su debut frente a la Orquesta Filarmónica de Santiago, Toro volvió a impactar, dirigiendo por primera vez la Sinfónica Nacional, agrupación que integró como violinista por tres años.
Su ascendente y exitosa carrera lo tiene hoy como Director Asistente de la Orquesta Nacional de España, habiendo desarrollado también una reciente y estrecha colaboración con la Filarmónica de Los Angeles y el aclamado Gustavo Dudamel.
Esta vez condujo un programa muy contundente, iniciado con el tan célebre Concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky en que Tesarova fue la solista. Poseedora de especial gracia y fresco encanto, brindó un desempeño igualmente encantador, contagiando al oyente su deleite interpretativo. Con su entrada del tema principal comenzó el máximo disfrute de un tañido dulce y amable, emanado de un instrumento de sonido en extremo cálido y envolvente que induce a engaños, al no ser un violín italiano de siglos sino fabricado por un luthier checo de este tiempo.
Tras una apacible y nostálgica canzonetta la solista enfrentó la vivacidad del último movimiento sin aspavientos ni vanas acrobacias, entregando un noble vigor muy controlado por aquel encanto siempre presente. La labor acompañante de Toro y los sinfónicos fue notabilísima, al total servicio de la muchacha Pavla.
La orquesta creció a casi noventa integrantes para continuar con «Así habló Zaratustra» de Richard Strauss, poema sinfónico que no describe hechos, lugares o personas, siendo portador de emociones y actitudes filosóficas, inspiradas en el texto homónimo de Nietzsche.
Sobre su densa, compleja y variada estructura, nuevamente dirigiendo de memoria, Toro se desplegó en múltiples facetas. Con tan tremendo recurso sonoro a su disposición su batuta de verdadero maestro de la dirección pasó de la majestuosidad inicial, tan recordada por la inclusión en «2001, Odisea del espacio», al misterio, al frenetismo y al lejano sosiego final. En todo estuvo descollante. Fue una gran jornada, en que la juventud, divino tesoro, tomó una triunfal delantera.


