Javiera Mansilla: «Odiaba la bicicleta, era una cosa que no podía ni ver»

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La deportista quedó esta semana como número uno en el ranking mundial de ciclismo junior

Partió como clavadista, tratando de eludir el destino de sus padres, los ciclistas Paola Muñoz y Gonzalo Garrido. Ahora brilla en persecución individual y scratch.

A los 18 años, la ciclista chilena Javiera Mansilla ha hecho historia: es la nueva número uno en el ranking mundial junior de la Unión Ciclista Internacional (UCI) y la mejor en las pruebas de persecución individual y scratch.

Javiera, hija de los ciclistas Paola Muñoz y Gonzalo Garrido, cuenta que naturalmente su primer regalo de Navidad fue una bicicleta, aunque no era precisamente algo que le gustara. Al comienzo se dedicó a los clavados, llegando a ser seleccionada nacional, y no entendía el deporte de sus padres.

«Odiaba la bicicleta, era una cosa que no podía ni ver. Mis papás me invitaban a pedalear y yo sufría mucho. Cuando uno entrena clavados no se necesita tanta fuerza de piernas y se trabaja la fuerza abdominal. Me dolían las piernas, ellos hablaban de sus entrenamientos y no entendía nada», cuenta Javiera.

Cuando tenía 12 años y se estaba preparando para competir en clavados en los Juegos Panamericanos de 2023, llegó la pandemia y todo cambió. «Pasé de tirarme de 10, 7 o 5 metros de altura al agua a hacer entrenamientos de abdominales por Zoom. Me quedaba mucha energía, estaba encerrada en la casa y necesitaba botar todo eso», relata.

Al mismo tiempo, sus papás formaron una academia de ciclismo (@Gamu_ciclismo), en la que hacían entrenamientos online. Ese contraste generó algo en Javiera. «Veía que mis papás estaban entrenando y competían en la aplicación Zwift. Me comenzó a parecer entretenido, pero siempre les decía que el ciclismo era el peor deporte que podía existir porque te hacía doler las piernas. Pero lo podía demostrar así como así», cuenta entre risas.

Así que ideó un plan: «Comencé a escondidas. Esperaba que mis papás se fueran y me subía a la bicicleta en el rodillo. No les decía porque me iba a contradecir y quería mantener mi dignidad, pero después entendí que podía compartir un poco más con ellos si hacíamos el mismo deporte. Entonces un día les pregunté si podíamos entrenar juntos. Partí en paralelo a los clavados, pero luego me invitaron a un Campeonato Nacional de ciclismo», confiesa.

Fue a Puerto Montt a competir y le prometió a su entrenador de clavados que volvería. Su primera carrera fue la contrarreloj individual y quedó primera.  «En clavados me iba muy bien, pero en ciclismo me pasaba algo diferente: sentía que fluía más y que podía botar toda la energía. Me sentí más feliz y tuve una mezcla de emociones. Significó un punto de quiebre para mí y no volví nunca más a la piscina», asegura.

Paola Muñoz admite que no estaba ciento por ciento de acuerdo. «Nunca pensé que Javi iba a ser ciclista, como mamá no me gustaba para ella por las caídas y accidentes. Yo tengo fractura de codo, fractura de sacro, corte de ceja y en el mentón. Aún la veo competir y me pongo muy nerviosa, me duele el estómago y hasta lloro de la emoción durante sus pruebas», confiesa desde Estados Unidos.

Pero la decisión tenía un gran lado bueno. «Ahora hablamos el mismo idioma y me hace feliz poder transmitirle todo lo que me ha tocado vivir y enseñarle todo lo que sé. En los clavados no podía vivir lo mismo, era simplemente una mamá fan que aplaudía», agrega Paola Muñoz.

Desde ese momento la familia se compone así: Gonzalo Garrido es técnico de su esposa y de su hija. Entrenan juntos, lo que significa un gran desafío para él porque ambas tienen muchas y diferentes aptitudes, por lo que deben realizar entrenamientos en conjunto y por separado. Además, debe prepararse porque muy pronto las dos podrán competir en las mismas pruebas. «Siempre le decía a Javi mitad broma y mitad en serio que mi sueño era entrenar a algún deportista que llegara a ser número uno, pero ahora que eso pasó la Javierita hizo replantear mis objetivos y mi proyecto de vida como entrenador. Es hermoso que ella lo haya logrado, es algo de un valor tremendo», dice orgulloso.

«Con mi mamá tenemos una competitividad muy grande, hacemos entrenamientos donde la que pasa primero la meta gana, y ambas somos ciclistas y jugamos a ganar. Mi mamá me dice que es su trabajo y que no me va a dejar ganar. Yo quiero ganarle, porque deseo ser la mejor. Después nos molestamos y echamos bromas», cuenta Javiera Mansilla, quien buscará cambiar pronto su apellido por Garrido para honrar a quien ha sido su papá desde que ella tenía cuatro años.

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