Antes de volver a la TV, la terapeuta y bailarina decidió sacarse la culpa de encima
Sicóloga confirma: una paternidad saludable no exige pasar todo el día con los hijos.
Hay una conversación que viene creciendo entre madres que trabajan: cuántas horas al día con los hijos son suficientes (y cuántas son demasiadas). Kathy Contreras, terapeuta integral y mamá de Selva, de 4 años, tomó una decisión a fines de 2025: volver al trabajo después de cuatro años dedicada casi por completo a la crianza. Entró al programa Fiebre de Baile de CHV y firmó con una editorial para escribir un cuento infantil.
La consecuencia práctica fue empezar a ver mucho menos a Selva. Lunes, martes y miércoles, los días del programa, están juntas entre 2 y 3 horas al día; jueves y viernes, unas 4 o 5. Kathy no lo vive como una pérdida, sino al revés: «Si las mamás están felices, los hijos también están más felices y eso es algo que no siempre se considera».
Emma Grede, empresaria británica de 43 años, cofundadora de Good American, se autodefinió en una entrevista como una «mamá de máximo tres horas» durante los fines de semana. Grede, quien tiene cuatro hijos, le explicó al «Wall Street Journal» que prefería construir con su prole lo que llamó «recuerdos de alto impacto»; es decir, momentos grandes como un viaje de pesca o una salida a Nueva York antes que estar disponible todo el día.
La frase se viralizó y muchos la criticaron por hablar desde el privilegio de tener nanas y asistentes. Ella se mantuvo firme: «Todas las mujeres necesitan descansos. Lo que quiero es desestigmatizar lo que significa ser una madre que trabaja».
Kathy lo reformula: cuando participó en otro programa de baile -Selva era más chica entonces- la culpa le ganó. «Sentía que tenía que estar más con mi hija. Era una contradicción interna muy fuerte», recuerda. Esta vez la decisión fue conversada con su marido y su familia, sabiendo que el impacto físico y emocional iba a ser alto. «Ha funcionado bien», evalúa.
¿Le complicó mucho decidir pasar menos tiempo con su hija?
«Cuando parte la maternidad una está muy vulnerable, con un cóctel hormonal fuerte durante este famoso puerperio, y todos opinan, sobre todo si eres mamá primeriza. Cuando Selva cumplió 2 o 3 años logré volver a mí y preguntarme qué tipo de mamá quería ser. Estaba decidiendo en base a muchas opiniones externas. Así que me alejé bastante de otras mamás, porque no quería escuchar comentarios sobre si le daba o no remedios de la medicina tradicional, si la llevaba a un colegio Montessori o Waldorf, si le ponía ropa normal o de algodón, si le ponía pantalla o no».
¿Cambia algo al verla menos?
«Cambia para mejor, porque es tiempo de mayor calidad. Me sorprende lo mucho que ella avanza. Ahora puede comunicarse y decirme mamá, te echo de menos o no quiero estar con tal persona porque quiero estar contigo. Le ha permitido ponerle palabras a lo que siente, emocionarse. Entonces no ha aflorado tanto la culpa».
Me hablaba de la tendencia de las mujeres a postergarse.
«Muchas veces las mujeres vamos quedando con proyectos encapsulados, con frustraciones. Hoy tomé una decisión: cuando veo a mi hija mucho más grande, sana y feliz, me permito sentir esa frustración y resignificarla también. Como madre, nunca dejas de ser madre. Son muchos los roles que tenemos que cumplir y más todavía si tienes pareja».
¿Qué le diría a quien la critique por esta decisión?
«Algo que debemos aprender entre mujeres es a respetar la historia de cada una, porque una no sabe las luchas que tiene la otra. Todas vivimos un distinto embarazo, un distinto parto, distintas formas de crianza y todas son válidas, con el margen del respeto hacia el niño. En los acuerdos que se llegan en familia para criar a un niño nadie debería meterse. Lo que nos une a todas es la culpa: dejar nuestros sueños de lado para no contactar con ella y quedarnos con frustraciones».
Mirada de sicóloga
Marisol Sagredo, sicóloga y escritora (@psicologamarisolsagredo), subraya que la seguridad de un niño no se construye con la presencia paterna constante: «Un niño de 3 años necesita figuras de apego sensibles y disponibles cuando están presentes, no necesariamente presentes todo el tiempo». Lo que importa, confirma, es la calidad del tiempo compartido: «Diez minutos de conexión real, con escucha activa y validación emocional, tienen más impacto que horas de presencia física con distracción».
Sobre la culpa materna, Sagredo la describe como una construcción social, no una emoción individual. «Históricamente se ha asociado el ser buena madre con la entrega total, el sacrificio silencioso y la disponibilidad permanente. Cuando una mamá trabaja, descansa o prioriza una necesidad propia, ese mandato interno se activa como una voz crítica que interpreta cualquier autonomía como abandono», advierte.
La sicóloga ratifica algo que aparece seguido en su consulta: madres que postergan sus propios proyectos, terminan acumulando frustración y eso sí afecta el vínculo con sus hijos. «Una madre agotada o que se siente anulada como mujer -profesional o personalmente- tiene menor disponibilidad emocional real, incluso si está físicamente presente», alerta. Por eso insiste en que cuidarse no es egoísmo: «Una mamá que modela autonomía, límites y deseos está enseñando a su hija que el amor y la realización personal pueden coexistir».
«Una madre agotada o que se siente anulada como mujer tiene menor disponibilidad emocional real», Marisol Sagredo, sicóloga.


