Antes de un ataque mortal en Florida, uno de los acusados preguntó al chatbot qué arma usar y qué munición era más letal
La tecnología es, por definición, amoral; es el propósito del usuario lo que le otorga una carga ética, advierte Raúl Vargas, gerente de operaciones de Kibernum.
Fuego más que nutrido recibe por estos días OpenAI, la tecnológica californiana, por el uso de su chatbot de Inteligencia Artificial (IA) ChatGPT en la presunta planificación de dos tiroteos masivos con muertos: uno en la Universidad Estatal de Florida, Estados Unidos, en abril de 2025, y otro en Tumbler Ridge, Canadá, en febrero de 2026.
La empresa fundada por Sam Altman ‘se enfrenta a una investigación penal en Florida, siete demandas federales en California, demandas en Canadá y presión de una coalición de 42 fiscales generales de 42 estados por el presunto papel de ChatGPT en dos tiroteos masivos, profundizando la disputa nacional sobre cuándo las empresas de IA deben alertar a la policía sobre usuarios que parecen estar planeando violencia', informó ‘Newsmax'.
La investigación en curso reflotó el jueves cuando la revista ‘Nature' publicó una nota sobre lo complejo que es construir chatbots que respeten la ley, debido a que estas herramientas no aprenden por reglas y no comprenden el significado ni las consecuencias de lo que responden.
El caso más resonante es el que lleva el fiscal general de Florida, James Uthmeier, basado en el registro de los chats que Phoenix Ikner (21) sostuvo con el citado chatbot antes de matar a dos personas y herir a seis en un ataque en abril de 2025 en la Universidad Estatal de Florida.
Los registros judiciales muestran que Ikner intercambió más de 13.000 mensajes con el chatbot desde marzo de 2024, y que en las dos horas previas al ataque preguntó cómo reaccionaría el país ante un tiroteo en la FSU. Consultó detalles operativos de una pistola Glock y una escopeta calibre 12, y preguntó cuándo estaba más ocupado el campus. Disparó a las 11:57, exactamente dentro del horario que el dispositivo de IA le señaló como el más concurrido, según NPR. El fiscal Uthmeier fue categórico: ‘Si ese bot fuera una persona, lo estaríamos acusando de asesinato en primer grado'.
El segundo caso involucra a Jesse Van Rootselaar, el autor del tiroteo del 10 de febrero de 2026 en la secundaria de Tumbler Ridge, Columbia Británica, que dejó ocho muertos. Según ‘The Wall Street Journal', empleados de OpenAI detectaron las conversaciones del tirador con ChatGPT y las marcaron internamente como una amenaza real, llegando incluso a discutir si alertar a la policía. La empresa decidió no hacerlo y solo contactó a las autoridades después de la masacre. Las familias de las víctimas demandaron civilmente a OpenAI y a su CEO Sam Altman, alegando complicidad directa del chatbot en el ataque.
OpenAI respondió en ambos casos que ChatGPT se limitó a responder preguntas cuya información está disponible en cualquier fuente pública de internet, y que el bot no promovió ni alentó ninguna actividad ilegal.
Para Raúl Vargas, gerente de operaciones de Kibernum, empresa experta en implementación de IA, el problema de fondo es estructural. ‘Un modelo de IA puede estar rígidamente ajustado a normativas legales y éticas, pero la creatividad humana siempre encontrará grietas. El problema no reside en la capacidad del sistema para generar escenarios lógicos, sino en la intención de quién da la instrucción. Estamos ante una tecnología de doble uso: herramientas que, por su naturaleza, pueden servir tanto para el progreso como para fines maliciosos', señaló.
‘Es la paradoja de la automatización: un vehículo autónomo es una herramienta excepcional para la prevención de accidentes, pero en manos de un sociópata se convierte en un arma de precisión. La tecnología es, por definición, amoral; es el propósito del usuario lo que le otorga una carga ética', agregó.


