A seis años del asesinato del empresario Alejandro Correa, su hija Valentina lanza el libro Duelo por encargo
El testimonio aborda el duelo, la búsqueda de justicia y cómo intentó reconstruir su vida tras el crimen.
«Este es el cuaderno que no quería comenzar a escribir. No hay una buena manera de comenzar a relatar la tragedia que nos ha sucedido. El dolor, la falta de sentido, el absurdo, han copado todos los espacios, sin permiso, intempestiva, abruptamente. Inoportunamente».
Con estas líneas, escritas en octubre de 2020 en un viejo cuaderno de apuntes que perteneció a su padre, Valentina Correa Uribe empezó a plasmar el drástico vuelco de su historia familiar. Este lunes, a seis años exactos del asesinato del empresario Alejandro Correa, fallecido el 18 de mayo de 2020 en Concón, tras recibir los disparos de un sicario afuera de su casa, la socióloga presenta «Duelo por encargo», su primer libro de testimonio y reflexión. Más que un relato sobre la pena o el caso policial, aclara, el texto aborda la capacidad humana de salir adelante y analiza críticamente el papel del Estado ante la delincuencia.
«Comencé con una libreta a los pocos meses del crimen. No tenía la intención de hacer un libro, sino un diario íntimo para registrar lo que sentía y sacarlo de mí. Tenía mucho miedo de olvidar lo que había pasado, pero también sufría el desgaste de recordar constantemente imágenes, olores y emociones. Sentí que la escritura era mi manera de decir: puedes soltar, porque lo que quieres recordar ya está aquí», dice.
Aquel cuaderno guardaba, además, las anotaciones y sueños que su padre tenía para un terreno en Quilpué, propiedad por la cual Alejandro Correa fue asesinado tras oponerse a su toma y defenderla legalmente. La familia logró recuperarlo recién en septiembre pasado, tras años de ocupaciones ilegales. Actualmente, el paño de 13 hectáreas se encuentra cerrado, limpio y en pleno proceso de venta definitiva, buscando un comprador único que permita a los suyos cerrar esa compleja etapa.
Hacer la presentación del libro un 18 de mayo tiene una alta carga simbólica, ya que representa la despedida que las restricciones de la crisis sanitaria por la pandemia les impidió tener en su momento. «En pandemia nos faltó el rito del funeral. Nos permitieron un máximo de quince personas y duró apenas cinco minutos por reloj desde que bajó de la carroza hasta la cremación. Este lanzamiento es el encuentro que no tuvimos. Aquí se junta gente que no veíamos desde antes de su muerte, como los amigos del colegio y del trabajo de mi papá», explica la autora.
¿Qué fue lo que más le costó plasmar?
«Revivir las primeras horas de la tragedia, ese momento exacto en que te sientas a comer y la vida que conocías se acaba en un segundo. También tuve que hacer una revisión consciente para no dejarme llevar por la rabia. Hubo gente que inicialmente se tomó fotos en mi casa y después nos dejó solos. Al armar el libro decidí dejar de lado los rencores o la ingratitud y enfocarme exclusivamente en agradecer a las personas que sí estuvieron a nuestro lado».
Como socióloga, ¿qué descubrió sobre el duelo que quizás no había entendido antes como hija?
«Que en la sociedad occidental nos cuesta mucho hablar de la muerte y estar al lado de alguien que sufre. Nos incomoda tanto el dolor del otro que recurrimos a frases hechas como no llore, va a estar todo bien. Existe una exigencia de rendimiento que nos obliga a sacarle algo bueno a todo, y hay veces en que las cosas son simplemente injustas. Cuando la gente me dice que esto me volvió más fuerte o perseverante, yo respondo que no quería volverme más fuerte ni valiente; esto fue una injusticia que tocó la puerta de mi casa. Forzosamente he tenido aprendizajes, pero de pronto cambiaría todo este tiempo de inmediato por tomarme una copa más de vino con mi papá».
En la contraportada destaca una frase: «Una vivencia traumática que me devolvió la vida».
«La Valentina del 2020 es muy distinta a la de hoy. Todo esto me volvió más humana y más crítica. No me quedé paralizada. Y sigo convencida de que hay más gente buena que mala. Para equilibrar la maldad que vivimos, mi estrategia fue rodearme de personas luminosas. Eso, de alguna manera, fue equilibrando las cosas. Y también aprendí que uno puede reencontrarse con la vida. Creo que si no hubiese conseguido justicia, al menos en el crimen, hubiese quedado sumida en una amargura. Y yo no quería convertirme en una persona amarga, porque no es lo que mi papá hubiese querido. Entonces, mi motivación por conseguir justicia también tenía que ver con eso».
Hoy, con los juicios cerrados, Valentina siente que por fin puede recordar la figura de su padre desde el afecto cotidiano y desmarcarse de las páginas policiales: «Hoy pienso más en mi papá que en el caso. Le cumplí mis promesas. Le prometí que haría justicia y que estaríamos bien. Lo conseguimos».


