Antes se esperaba el domingo con una fe de parroquia; ahora el fútbol se alimenta del recorte vertical y del like que le pone precio a la emoción.
El segundo gol de México en el Mundial acaba de entrar y el estadio Azteca, durante unos segundos, recupera su antigua especialidad: parecer un volcán con graderías. La multitud se levanta, las bocas se abren, las camisetas verdes forman una espuma nacional. En el centro de la imagen, televisada para todo el mundo, dos muchachos hacen el gesto que explica esta época mejor que cualquier editorial: voltean el teléfono y se graban a sí mismos. La cancha queda detrás, en una zona borrosa. La fiesta ocurre con hashtag, de frente a la cámara.
Juan Pablo Meneses llamaría a esto postfútbol: un espacio donde el partido ya no termina en el silbato, ni empieza en la formación, ni cabe en la camiseta. Pantallas, apuestas, métricas, marcas personales, vigilancia, pura ansiedad digital. Antes se esperaba el domingo con una fe de parroquia; ahora el fútbol se alimenta del recorte vertical y del like que le pone precio a la emoción. El hincha registra, edita, sube, comenta. Vive el gol y produce la prueba de que lo vivió.
El hinchismo se volvió un territorio en disputa. Se discute quién merece la corona de verdadero hincha, con el barrabrava ansioso por quedársela a punta de viaje, aguante y amenaza. Durante mucho tiempo, un hincha de verdad sabía sufrir un cero a cero de su equipo, enfrentarlo como continuidad de la vida misma: el tedio del lunes, la deuda pendiente, la lluvia sobre la micro. Hace rato que esa definición cruje. Hay hinchadas convencidas de ser tanto o más importantes que sus colores. Hay hinchas que se comportan como consumidores de un producto desechable si no entrega la satisfacción pagada. Hay otros que ahora se vienen a celebrar a sí mismos como creadores de contenido, avalados por el nuevo algoritmo de monetización de la FIFA.
México conoce bien los modos en que un Mundial deja imágenes para el archivo común. En 1970 vio a Pelé en andas después de ganar la Copa Jules Rimet, elevado por una multitud que parecía haber encontrado al rey. En 1986 vio a Maradona con la copa en alto, también sobre hombros ajenos, convertido en una estampita pagana. Entre esas dos coronaciones, el país del siquitibum aportó su propia firma: la famosa ola de México 86. En The Guardian, John Crace la ubicó en la familia de la vuvuzela sudafricana y la voz de Pavarotti en Italia 90: accidentes culturales que una Copa del Mundo adopta como emblema.
Elias Canetti ayuda a leer esa vieja invención y esta nueva escena. En «Masa y poder», el estadio aparece cerrado hacia afuera por sus paredes y hacia adentro por el campo que concentra las miradas. Canetti lo escribió con precisión inquietante: «Cada uno tiene mil cuerpos y mil cabezas delante de sí. Mientras él esté, todos están. Lo que lo excita también los excita a ellos y él lo ve». La ola fue la masa descubriendo que podía moverse frente a sí misma. El festejo de los influencers agrega otra vuelta: la masa se mira ahora en la cámara frontal. Cada uno tiene mil cuerpos delante y, además, su propio rostro en la pantalla.
Todavía falta saber qué quedará desde la cancha en este tercer Mundial desde el mítico Coloso de Santa Úrsula. Quizá un gol, una expulsión, una jugada repetida por el VAR hasta perder misterio. Desde la grada ya quedó una señal nítida. Dos hinchas celebran el gol mirando hacia el lente, como si lo más importante quedara a la altura del brazo extendido. Uno cierra los ojos y aprieta el puño; el otro muestra dos dedos y canta para su público portátil.
La palabra hincha nació hace un siglo en el Río de la Plata, heredera de aquel fanático de Nacional que inflaba pelotas desde el borde del campo. Hinchar era soplar aire y empujar al equipo con la garganta. En el Azteca de 2026 ese soplo también infla una cuenta personal. México celebró. La multitud rugió. Y los influencers editaron el recuerdo antes de terminar de vivirlo.


