Practica equitación hace dos años, y tras probar con varios animales, se encariñó muchísimo con este
Sus progenitores se lo compraron como una sorpresa. El corcel tiene cinco años y es demasiado cariñoso, le gusta mucho saltar.
«Hola, mamá. Te contaré que mis abuelitos me compraron para ti. Espero que me cuides mucho. Dale las gracias a ellos, ya que los volviste locos… Para Kel de sus papitos, que la adoran». Esa fue la carta que recibió Kel Calderón hace pocos días con fotos de Fargo, el caballo que sus padres, Hernán Calderón y Raquel Argandoña, le regalaron y que desató inmediatas lágrimas y sollozos apenas la leyó y que mostró en su Instagram @k3lcalderon. La historia de la abogada con los corceles viene desde su infancia, y que hace dos años la tiene entrenando en equitación y buscando al indicado.
«Yo montaba desde chica, en el campo, pero nunca lo había hecho como deporte. Se parte con caballos chicos de escuelas, después pensioné uno que lo monté por ocho meses, se llama Collection, pero es súper difícil encontrar un caballo para uno, que ya tenga entrenamiento, más allá de los valores que son altos. Se le hacen las placas, que son radiografías, donde se revisa que el caballo esté habilitado para hacer equitación. Hay tantas etapas para encontrar el que funcione para uno. Probé muchos antes, y tenía que dejar de encariñarme con ellos porque sabía que no se iban a quedar conmigo. Me quería morir cuando los debía dejar, los lloraba más que a cualquiera de mis ex, pero hace un par de meses conocí a Fargo y me encantó, se volvió mi favorito. Trinidad Soffia, quien lo entrenaba, lo montaba, entonces lo iba a ver saltar a las competencias y de repente me dejaban dar una vueltita en él» recuerda Kel.
Sabiendo este interés fue que sus progenitores decidieron planear su compra. «Hace unos días fui a ver a Fargo en un concurso en el club Santiago Paperchase (en Ciudad Empresarial) y volví a preguntar por él, pero me dijeron que tenía otra persona interesada en él, que debía esperar esa decisión, así que pensé que lo había perdido, pero era una mentira, jajajá. Mis papás ya se habían puesto de acuerdo y le estaban haciendo los exámenes médicos para su compra. Igual chistoso pensar ahora que estuvieron tanto en contacto por esto (llevan separados más de 20 años), eso también le da un sabor especial. Que si bien hemos tenido hartas diferencias, el amor que nos tenemos como familia es muy grande», valora la también creadora de contenido.
Para la sorpresa, llegaron a su casa sus padres y Nancy (Huenupe, su madrina y cuidadora de casa), «Renzo (Tissinetti, su pololo) curiosamente estaba en la casa. Todos sabían de esto menos yo, y llevaban días que nadie me decía nada a pesar de que pasaba preguntando por Fargo, ya tenía a todo el mundo chato. No entendía nada y me pasaron un sobre con la carta, imágenes y su pasaporte. Vi su foto y fue una impresión tan grande, no recuerdo haber llorado así de felicidad antes, como cabra chica, sentí que me iba a explotar el corazón. Es una locura decir esto, pero no tengo con qué comparar la emoción. Fue un momento que me desbordó, fue muy bonita la sorpresa. Es un día que recordaré hasta que me muera. Esa noche les escribí a mis papás para volver a darles las gracias y decirles lo feliz que me hicieron».
Descríbame a Fargo.
«Fargo tiene cinco años, es demasiado cariñoso, es gigante y a la vez un niño. Tiene un temperamento exquisito, súper obediente, le gusta mucho saltar. Está muy sano, es un tordillo, es decir, que su pelaje se va volviendo cada vez más blanco. Y es muy talentoso, ya ha saltado 1.20 metros en competencias. Te juro que por mí estaría todo el día en su pesebrera, o que estuviera en mi pieza pero no se puede. Le tengo mucha confianza, es valiente porque no rehúsa nunca (cuando paran antes de saltar)… Ay, si yo lo quería tanto y siento que me saqué la lotería con él. Los caballos transmiten mucha paz, es como estar en una burbuja cuando estoy con ellos, es mágico. Siempre que he tenido un problema, mi refugio ha sido con ellos. Así que Fargo siempre será esa luz de alegría».
Kel explica que «en Santiago existen muchos clubs de equitación, y ahí tú pagas la pesebrera con la ordenanza, que es la persona encargada de cuidarlo en el día a día, darle la comida y cuidarlo. Lo ideal es que uno vaya a verlo la mayor cantidad posible, ojalá todos los días, a pasar tiempo con ellos, peinarlos, bañarlos, sacarlos a pasear, echarse a su lado para generar esa confianza y para que estén bien sicológicamente. Los caballos de salto son más delicados, son como niños que uno debe estar pendiente. Planeo estar con Fargo como mínimo cuatro veces por semana. Por su edad continúa en clases de entrenamiento, que hace por separado y otras juntos».
Estos dos años que entrena equitación, tres veces por semana con su instructor Matías Walker, la jurista lo ha hecho «en el club Ecuestre Pie Andino, en Chicureo, y en Paperchase ahora último, donde Fargo tendrá su casa. Aún soy una baby jinete; el máximo en saltos es 1.60 metros y yo salto 90 centímetros. No planeo ser campeona en esto, sino que lo disfruto mucho. Ya he ido a dos concursos sin pretensión de nada, me envalentonaron harto para participar porque todo es bien ceremonioso, va mucha gente, pero lo pasé bacán. Encontré un mundo en el que soy muy feliz».
Usted cabalga desde niña.
«No sé por qué no partí antes con la equitación si desde chica siempre tuve la inquietud de saltar, un sueño que mantenía hasta hoy. Renzo me regaló mis primeras clases porque no entendía el por qué no lo hacía. Cuando tenía 1 año, un caballo me pateó la cabeza en Pelarco y me fracturó el cráneo en 16 centímetros. Fue una recuperación muy larga, pero eso nunca hizo que le tuviera miedo y, por suerte, mis papás no me alejaron de ellos».


