Cronista lanzó dos libros sobre la ciudad capital de Chile
El escritor soñó que la remodelación de Plaza Italia había quedado tan bien que necesitaba llamar a alguien para contárselo.
El escritor Roberto Merino acaba de publicar dos nuevos libros. Considerado la voz literaria más autorizada para hablar de Santiago en una dimensión múltiple, conecta capas de tiempo en líneas diagonales y hace convivir en un mismo espacio a vivos y muertos. Merino habla de epifanías para referirse a los hallazgos que lo han llevado, desde que era un niño, del papel impreso a lugares concretos de la ciudad en los que ha dado con vestigios de lo leído. Ese ejercicio le ha permitido ampliar la realidad propia y, a través de su escritura, la de quienes lo han leído. Suma en ella además experiencias oníricas situadas también en la ciudad. Para sortear algunos achaques físicos ha modificado las estrategias con la única finalidad de mantener la curiosidad intacta.
¿Qué hay de nuevo en estos dos nuevos libros?
«El primero, «Todo Santiago» (Fondo De Cultura Económica Chile), es una reedición de un libro compilatorio del año 2012. Eliminamos algunos textos tediosos u odiosos que contenían mucho alegato. Sacamos algunos y agregamos otros posteriores, del 2015 hacia adelante, sobre cualquier cosa, con temas muy volátiles. Algunas fueron publicadas en Lun, otros en «The Clinic». Andrés Braithwaite estuvo a cargo de la edición. El libro dos es «Ciudad del olvido» (Literatura Random House), son textos ensayísticos mucho más largos. La extensión cambia el tono. El último ensayo, «Promesa de San Isidro», fue escrito expresamente para este libro. Otros son inéditos, textos encargados sin publicar o en libros de circulación muy restringida».
¿Cómo lleva el título de cronista oficial de Santiago?
«No lo puedo asumir. Más bien experimenté, desde el año 1995, una aproximación a Santiago con las crónicas. Siempre fue un tema de mi afición. Desde niño me interesó la cuestión pero eso se canalizó en algo con las crónicas que empecé a escribir en la revista «Hoy». No lo asumiría del todo porque eso me deja como un experto. Tendría que responder como experto y no lo soy. Hay cosas que no conozco de Santiago, otras que se me han olvidado. No tengo una relación profesional con el tema. No manejo cifras. Me interesa escribir de un tema que me atrae, eso es».
Defina a Santiago en tanto sujeto literario
«Es muy difícil de aprehender, es un sujeto huidizo. Muchas veces el pasado de una calle o una zona está oculto bajo capas de olvido. Por eso se llama el libro así, supongo. No sé por qué esta ciudad tiene esa inclinación a que se borre todo lo que sucedió antes. Hay un abismo ahí. Por eso me interesa indagar en la ciudad. Me acuerdo, cuando joven, que leía en revistas antiguas que había en mi casa del año del ñauca un caso policial y aparecía la dirección. Iba y aún había rastros, vestigios, de cosas que habían ocurrido hace cuarenta años. Era muy emocionante. Me conectaba totalmente con lo literario».
A propósito de lo que provocó el Estallido Social en la ciudad ¿existe alguna compulsión autodestructiva?
«Sí, yo creo que sí, porque no se explica de otro modo. Las explicaciones que se daban en la época del Estallido eran muy burdas. Yo vi un tipo en una farmacia que estaba tirando mercadería para afuera para que la gente se la llevara.
Me vio mirándolo y me dijo: «esto es recuperación, compadre». O sea no era saqueo, el eufemismo ya estaba. Quizás había una cierta vergüenza porque era evidente que era un delito. Pero dice «recuperación», ¿cómo llegas ahí?»
Sacó la voz contra la idea de renombrar a la plaza Italia como plaza Dignidad.
«Sí, claro, querían hacerlo con tanta rapidez. Eso demostraba unas ganas impulsivas de que pasaran cosas. Capaz que sea distinto en cada persona. La gente de izquierda de cierta de edad, de cuarenta para arriba, puede que vieran en eso esa revolución que nunca habían experimentado físicamente. Uno creció leyendo historias de la Revolución Francesa, la Revolución Rusa, con un discurso épico muy acentuado, viendo películas. Y de repente estaba la posibilidad de participar en eso: una romantización».
Expláyese, por favor
«Había una foto de la estatua de Baquedano con unas banderas y un atardecer ígneo al fondo y fuego al otro lado. Era como el cuadro de Delacroix «La libertad guiando al pueblo». Y luego había imágenes muy desagradables por lo kitsch. Por ejemplo una de una niña que daba unos pasos de ballet estetizados al extremo delante de una tanqueta de pacos: la belleza convencional absoluta. Un efecto buscado, falso, deliberado. Eso no es arte en ninguna parte. Una construcción efectista, sentimental. Estaba lleno de equívocos el Estallido Social. Si uno se oponía a esto en ciertos mundos te comían vivo. Les daba mucha ira, mucha rabia. «Facho» fue lo menos que me dijeron».
¿Qué le parece la remodelación de Plaza Italia?
«Me parece bien en principio. He pasado, no entiendo muy bien en qué estado está. Pero soñé un día que quedó tan bien, con un espacio abierto con algunos hitos, que yo llamaba a alguien por celular para decirle: «la Plaza Italia quedó la raja». Pero en mi sueño es más claro que cuando paso todos los días por ahí. Soy optimista en que quede bien. Lo de Gabriela Mistral no me parece tan aberrante. Cualquier cosa que hagan va a haber una manga de huevones reclamando».
¿Cómo afecta el discurso de la inseguridad en el diario vivir?
«No sé. Se supone que hay un uso político del tema por parte del gobierno. Quizás hay motivos para que la gente tenga miedo».
¿Es un fenómeno reversible?
«Sí, yo creo que sí. Hay ciudades que lo han vivido como Buenos Aires. Son fenómenos dinámicos, creo, sin ser experto en esa cuestión. Fíjate que no sé. Uno puede pasar un día totalmente tranquilo como hoy aquí que no tememos a nada, pero se han dado casos de cuatro compadres con pistola que entran a un café y a un restorán y le roban a los clientes. No sé en verdad, no tengo un diagnóstico. Lo encuentro nefasto nomás».
¿Es Santiago una ciudad de rumores y pelambres?
«Sí, sí. Ahora yo no sé si es solamente Santiago. Eso lo decía Vicuña Mackenna hablando de una ciudad mucho más chica en la que todo el mundo más o menos se ubicaba. En cualquier espacio: los barrios, las empresas, las instituciones… el pelambre es operativo. De todas maneras, no me cabe duda. A veces he cometido el error de creer que cosas son santiaguinas o chilenas simplemente por desconocimiento de otras realidades. Pero pasa lo mismo, ponte tú, en España, en un pueblo chico… hay pelambre, vigilancia, chismorreo, rumores también.
¿Puede hacer el pelambre de Santiago una ciudad más entretenida?
«Depende del nivel de pelambre. Yo creo que sí, de todas maneras, pero a veces… El problema con el pelambre es que es adictivo. Y hay gente que se engolosina a un nivel de drogadicción con el asunto. Que tiene que estar siempre pelando y eso es muy desagradable. Se transforma en un espíritu de emprendimientos bajos: envidia y otras cosas».
¿Considera que Santiago es una ciudad aburrida?
«No ahora. Todo el mundo está de acuerdo en que no es aburrida. Como antes estaba de acuerdo en que sí lo era. Esto cambió hace poco. Me acuerdo que escribí un texto en 2013 que llamaba la atención sobre eso: que la gente encontraba Santiago era bonito, cosa que no se podría haber dicho antes porque había un sentimiento común de que esta cuestión era chata, fome, sin aura… No había nada que hacer. Qué raro. Por eso digo que son realidades dinámicas, se van modificando».


