La auténtica maldición egipcia

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Al final, Salah quedó fuera del Mundial con una quietud antigua, mirando a Messi y a sus campeones volver del reino de las sombras.

Todos somos egiptólogos de sobremesa. Distinguimos una pirámide de una tumba, desciframos jeroglíficos con seguridad prestada y hemos visto tantas veces la máscara de Tutankamón que creemos recordar su cara. Egipto pertenece a ese museo mental donde la humanidad guarda fantasías: oro, arena, dioses con cabeza de animal, cámaras selladas y una maldición que viajó como chisme.

Por eso este Egipto 2, Argentina 3 resulta tan fértil como el limo oscuro del Nilo para seguir contando a una civilización como si sus herederos trajeran un destino escrito. En Atlanta, el juego de endosar la maldición pasó de un destinatario a otro hasta que giró en silencio y dejó encerrado al equipo de Mo Salah.

La tutmanía nació de una frase inventada, supuestamente hallada al abrir la cámara funeraria en 1922: «La muerte vendrá en alas veloces a quien perturbe el descanso del faraón». Poco después murió alguien involucrado y quedó listo el molde: cuentos de viejos convertidos en negocio global por cine, turismo y literatura. Hay, sin embargo, una inscripción verificada en la tumba de Tutankamón que le calza como la doble corona de los faraones al arquero Mostafa Shobeir: «Tu cabeza no será arrebatada por toda la eternidad».

Shobeir fue la gran figura hasta el minuto 79. Hijo de Ahmed Shobeir, arquero egipcio en Italia 90, bajó de su pedestal a Messi al atajarle un penal y frustró otros tres gritos hasta quedar solo contra los campeones del mundo. Egipto ganaba 2-0 con goles de Yasser Ibrahim y Mostafa Zico, con Shobeir como salvador y último recurso. Argentina no caía ante Salah, el héroe anunciado, sino contra los escribas secundarios de una epopeya que nadie tenía en sus libros.

Los campeones de Qatar tropezaron en los escalones de la pirámide egipcia. No es un recurso fácil: la pirámide es la construcción táctica más relevante en la historia del fútbol. La primera gran formación fue el 2-3-5 y toda la evolución posterior consistió en invertirla, con defensas sobrepobladas y ataques livianos. Salah era la punta; detrás, la disciplina egipcia hizo entrar en pánico a la Scaloneta.

El ensayista Anis Mansour formuló una pregunta perfecta: «¿Es la maldición la que persigue a la gente? ¿O es la gente la que persigue a la maldición?». Argentina empezó a perseguirla cuando la derrota se volvía inapelable. Entonces llegó la reacción. Messi regresó tras el descuento y lideró la resurrección cuando el relato ya empezaba a embalsamarlo. Argentina jugó con el miedo de quien oye cerrarse una losa sobre su cabeza. La épica de Atlanta tuvo lágrimas porque antes tuvo vergüenza. Y alivio porque rozó el desastre.

Jorge Luis Borges contaba que, ya ciego, pudo tocar la piedra de una pirámide y lloró. No necesitó verla: le bastó saber que su mano estaba sobre una cosa eterna. Argentina tocó esa piedra durante casi todo el partido. Cada ataque encontraba una superficie anterior al juego y el llanto de Messi tras amarrar la victoria tuvo esa misma intensidad.

Leyendo «La hija de Kheops», de Alberto Laiseca, César Aira describió en 1989 una inesperada contigüidad: Egipto y Argentina se acercarían hasta tocarse por la lógica delirante que vuelve vecinos la posibilidad y el acto, a propósito del esfuerzo que se necesitó para construir las pirámides. Su pregunta sirve para Atlanta: «¿Cómo han podido suceder tantas enormidades? Muy fácil: sucedieron porque a alguien se le ocurrió que eran posibles». Egipto creyó posible eliminar a Messi. Argentina creyó posible regresar desde la tumba. Al final, Salah quedó fuera del Mundial con una quietud antigua, mirando a Messi y a sus campeones volver del reino de las sombras.

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