Pablo Bustamante dejó todo en Chile y se fue a Europa a buscar suerte
Trabajaba en una barbería en barrio Franklin y hoy es un maniquí cotizado por grandes casas de moda. Se pueden cumplir los sueños, dice.
Antes de subirse a un tranvía o perderse entre los canales de Navigli, el barrio más bohemio de Milán, Pablo Bustamante (30) camina apurado con un bolso al hombro. En un tono medio italiano-achilenado habla por celular. Está contento: hace unos días desfiló para Dolce e Gabbana en Taormina (Sicilia), rodeado de algunos de los modelos más cotizados y frente al goleador noruego Erling Haaland. Un escenario que hace ocho años era impensado para el chileno.
Su historia, sin embargo, está lejos del glamour italiano. Antes de posar para grandes casas de moda como Chanel o Guess fue barbero desde los 15 años en barrio Franklin. «Siempre me decían que podía ser modelo, pero en Chile no pasaba nada. Sentía que mi perfil no encajaba con los modelos que eligen», dice que pensaba mientras estaba en la barbería.
Un día un amigo le hizo unas fotos cortando el pelo. «Me la creí toda. Ahí me di cuenta de que salía bien. Pensé: Esto es lo mío. Busqué agencias, pero nadie me recibía. Después entré a una en Chile, pero no trabajaba, no ganaba plata. Me frustré y decidí vender todas mis cosas para venir a Europa. Compré el pasaje y me vine a Barcelona con 200 dólares en el bolsillo. Como no tenía documentación europea ninguna agencia podía firmarme, así que tuve que volver a cortar pelo en barberías dominicanas para sobrevivir. Después de un año conseguí los papeles y recién, a los 26 años, ahí pude firmar con agencias en Italia, Alemania y Barcelona», cuenta en modo resumen.
¿Cómo sobrevivió ese tiempo allá solo?
«Volví a cortar pelo a domicilio. Compartía una pieza entre tres personas para pagar lo mínimo. No tenía plata para comer bien ni para entrenar como debía. Fueron años muy duros».
¿Cuándo empezó a cambiar todo?
«El segundo año aparecieron mis primeros trabajos. Después empecé a trabajar más seguido, llegaron marcas importantes y entendí que si quería competir con los mejores tenía que vivir como ellos».
¿A qué se refiere?
«Aprendí a alimentarme sin procesados, dejé completamente el alcohol y el cigarro, empecé a entrenar calistenia, a meditar y a cuidar mi cuerpo porque ser modelo es un estilo de vida. Cuando logré tener mi mente y mi físico al cien por ciento llegó Dolce e Gabbana».
¿Cómo fue ese proceso?
«Sólo llegar al casting ya era un premio. Éramos cerca de 500 modelos para alrededor de 100 cupos. Pasé tres filtros y cuando mi agencia me llamó para decirme que estaba confirmado, no lo podía creer. Fue un sueño. Nos llevaron tres días a Sicilia, nos trataron increíble. Yo iba bajando las escaleras del desfile y veía a celebridades e influencers mirándonos. Pensaba: Hace unos años estaba en Franklin, compartiendo pieza y tratando de sobrevivir. ¿Cómo llegué hasta acá?».
¿Quizás en Chile se hubiese perdido?
«Yo vengo de Franklin y sé perfectamente cómo podría haber terminado. Hice el servicio militar, conocí la calle y vi muchas cosas. Por eso, cuando llegué a Europa, tenía clarísimo que no me podía perder».
¿El ambiente del modelaje debe ser todo un mundo?
«Muchísimo. Hay fiestas, lujo, drogas y muchas tentaciones. Todo te lo regalan porque eres la imagen de una marca. Es muy fácil desviarse, pero yo vine por un sueño, no por eso. Lo difícil del modelaje es trabajar, pero cuando trabajas sí hay dinero. Por un trabajo puedo ganar $1.000.000 en un día. Claro y lo de Dolce e Gabbana fue la conclusión de ocho años de trabajo».
Igual le va súper bien.
«Sí, porque ya después vas encontrando donde tu cara pega. A mí los alemanes me aman, porque soy un modelo exótico. En Chile les gustan los rubios. Al final es un tema visual y saber dónde funciona tu estilo. Por eso les digo a los chilenos que se vengan para acá que les va a ir bien. Yo vengo, literal, desde cero y quiero traerme chicos que, perfectamente podrían perderse en la delincuencia, en las drogas en Chile, a trabajar acá. Sí se puede, se pueden cumplir los sueños».


