Lo peor es que se puede

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El mejor partido que jugó la Roja este año, para variar, terminó en derrota y por ese lado no hay consuelo posible. Con 5 puntos de 18 en disputa, el rendimiento es paupérrimo y confirma lo que tanto se temía: la ampliación de los cupos sudamericanos a la Copa del Mundo nos empujó naturalmente, con calculadora y todo, a pelear por nuestras opciones muy cerca del fondo de la tabla. Hay que decirlo desde ya, para que nadie se sienta estafado al final: Chile es candidato al séptimo puesto de las eliminatorias, para llegar a un repechaje intercontinental de pronóstico incierto. Con suerte podríamos terminar sextos, pero con menos suerte también podríamos quedar octavos. De ahí no salimos.

Las cuentas, sin embargo, no importan demasiado. Hace apenas siete años teníamos un equipo bicampeón de América y ahora estamos desesperados por tener siquiera un equipo decente. Pero de todos los partidos que ofreció la Roja en los últimos años el de este martes en Quito al menos nos devolvió esa precaria ilusión de ser dignos competidores y entrar a una cancha sin estar seguros de un mal resultado.

No es mucho, pero de momento es suficiente. La Roja no jugó mal ante Ecuador en la altura y al final hasta hizo méritos para rasguñar de visita un punto que habría sorprendido a medio mundo. Y lo mejor de todo es que Chile se vio mejor cuando más jugadores jóvenes tomaron la responsabilidad de sacar al equipo del pozo, especialmente en los desbordes de Darío Osorio por la banda izquierda y en los pases verticales de Vicente Pizarro en el medio. Ecuador, que se ve tranquilo en su camino hacia el Mundial de 2026 pese a los tres puntos que le restaron por hacer trampa con Byron Castillo, alcanzó a sentir miedo por un triunfo que casi se le cayó de las manos.

Ya se verá si Nicolás Córdova, interino tras la renuncia de Eduardo Berizzo, sigue o no en la banca. Pep Córdova movió algunas piezas en la formación inicial y con el juego ya en marcha hizo los cambios necesarios para aguantarle el duelo de ida y vuelta al rival, para jugar por fin al ritmo de una selección respetable. Parece que no era tan difícil jugar así y, como dijo una vez un viejo prócer del periodismo, lo peor es que se puede. Ahora hay varios meses para profundizar en las intuiciones detectadas: el próximo será, después de todo, el primer año sin protagonismo de la Generación Dorada, incluso con total prescindencia de su aporte si se da el caso.

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