«Zalo. Mi última canción» es otro producto televisivo póstumo lanzada por TVN que tiene como figura central a uno de los últimos ídolos de nuestra escena musical. La anterior fue «Cecilia, la incomparable». Lo primero que salta como reflexión es por qué tenemos que esperar que los homenajeados marchen de este mundo para rendirles tributo. Está en nuestra idiosincrasia: sólo al morir nuestros grandes empiezan a ser valorados oficialmente; no hablo de la gente, sí de la industria.
En el caso del Gorrión de Conchalí cada jueves después de «24 horas» la señal pública nos ofrece pasajes de su vida personal y artística, con videos de sus presentaciones más recordadas y entrevistas y con el testimonio de sus familiares y amigos. Esta semana se exhibirá la tercera entrega.
A diferencia de «Cecilia», una producción dramática en torno a la mítica cantante, lo de Zalo es un compilado de imágenes y recuerdos, del doble de entregas de la primera producción (cuatro contra dos).
«Se fue con la idea de que no lo querían mucho en Chile», ha dicho su hijo Boris, lo que constituye un dolor adicional a su partida (hace un año y poco más); tanto para el artista, que padeció en vida esa percepción de ingratitud del medio, como para la TV, sus colegas y nosotros mismos, que no supimos expresarle lo suficiente nuestra admiración y cariño.
Mi primer recuerdo suyo tiene que ver con un regalo de mi madrina, una radio reloj que para aquella época era todo un salto tecnológico y mi primer acercamiento a una de mis debilidades, la música. Recorriendo el dial AM me topé con una voz bastante agradable, de un jovencito que era entrevistado por el locutor Hernán Pereira (inspirador del personaje «Silverio Silva», del «Jappening con Ja»). Era Zalo, hablando de sus primeras canciones, los éxitos instantáneos «Una lágrima en la garganta» y «Una lágrima y un recuerdo».
Luego disfruté viéndolo sonrojar al encopetado público de «Sabor latino». Y en el Festival de Viña, dándole de comer en la palma de su mano al Monstruo de la ciudad jardín. Se la jugó mitad cantando y mitad haciendo algo que hoy conocemos como stand-up comedy.
Esta apuesta nos refresca la memoria, con las partes bonitas y también las amargas, más cercanas al fin, cuando del epítome de la despectivamente llamada «canción cebolla» nos llegaban más noticias malas que buenas.
Hay que hacer algo ahora con el Pollo Fuentes, con Jorge González, incluso con el mismo Beto Cuevas, el auténtico Benjamin Button chileno.


