A veces no todo calza

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Los tan populares valses de Johann Strauss (hijo) parecen no ser piezas que calcen bien al llegar unitariamente a un programa tradicional de una gran orquesta, conviviendo con severas sinfonías, conciertos o piezas de otra envergadura.

Se perciben mejor al disponerse varios en bloque o en una jornada temática mayoritaria o enteramente consagrada a ellos, como sucede en los celebrados Conciertos de Año Nuevo en Viena.

La más reciente fecha de la temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional dispuso un inicio con «Cuentos de los bosques de Viena» del Rey del Vals seguido de «Noches en los jardines de España» de Manuel de Falla y la Sinfonía N° 3 de Johannes Brahms. Y, claro, la percepción fue curiosa, como si se recibiera a un invitado forzado o demasiado casual. Como un pollo en corral ajeno, diría alguien. La interpretación conducida por el prestigiado director invitado Daniel Raiskin partió con peligrosa estridencia, pero todo se arregló pronto, teniéndose una muy buena versión. En su amable multi exposición temática destacaron solos de violines verdaderamente entrañables.

El atractivo mayor de la jornada se centraba en la actuación de la pianista Mahani Teave en la pieza española. Pero, entendiendo que esta obra fue descrita por su propio autor como «impresiones sinfónicas», puede comprenderse ? y lo confirma el oído ? que no se trata de una concepción en que el piano tenga una dominancia protagónica, sino una participación casi como un elemento más del rico enjambre orquestal. Así, el rol de Teave fue muy exiguo, sin el lucimiento mayor que muchos podían estar esperando. La versión, con algunos pasajes que Raiskin manejó con durezas, no mostró una completa conjunción anímica entre la batuta y el teclado.

Todo calzó muy bien, en cambio, tras el intermedio, en el espléndido servicio brindado para la interpretación de la sinfonía de Brahms. La batuta invitada extrajo bellas y cohesionadas sonoridades que transitaron con máxima justeza por una obra que despliega momentos tan diversos. Se disfrutó plenamente tanto la impetuosidad inicial como el apacible segundo movimiento. La llegada del celebérrimo tercero y su amable melodía, tantas veces fugada hacia el vano manoseo, fue un deleite extremo. Inusualmente, esta sinfonía no concluye a todo dar, como sus hermanas, sino con un sosiego en extinción que no estimula a brindar el efusivo aplauso que esta interpretación se mereció.

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