Agradezco el orgullo de los senos al aire, pero los prefiero disfrazados y misteriosos.
Una pobre visitante ha sido una vez más víctima de un malentendido cultural. Se le ocurrió retozar sin sostén sobre un playa chilena. Una práctica habitual en casi todas las playas del mundo, pero que es aquí en Chile un sinónimo de pecado.
La marina nacional, encargada de prevenirnos del peligro de vernos invadidos por una flota de glándulas mamarias en imperdonable libertad, le explicaron a la turistas que su actitud ofendía a los niños.
¿Alguien les preguntó a los niños qué opinaban? ¿Hay una peor cobardía en el mundo que usar a los niños que no pueden defenderse? Niños que, por lo que yo sé, suelen sentir por los senos sano apetito y poco más.
Por lo demás, ¿son los niños chilenos más degenerados o sensibles que los de Barcelona, Ro, Cannes o Positano, donde la exposición de topless es permanente y constante sin que por ello se nos reporten violaciones masivas y niños esquizoides?
¿Seremos más tarados, más calientes, más incapaces de entender que lo que se mira no siempre se toca?
Chileno y todo, cuando me he visto enfrentado a esos prados infinitos de topless, el sentimiento que me ha dominado siempre ha sido el de la decepción. Agradezco el orgullo de los senos al aire, pero los prefiero disfrazados y misteriosos, dejándome suponer más tamaño y firmeza del que el sol y las cremas de broncear les dejan revelar.


