A los 150 años, Chejov sigue siendo el maestro del relato breve

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En estos días, cuando se conmemoran 150 años del nacimiento de Antón Chejov, el público y los especialistas vuelven a asombrarse al constatar que el célebre y genial narrador ruso sigue siendo un referente ineludible a la hora de crear o valorar cualquier obra literaria que aspire a emocionar al lector en pocas páginas.

El hombre, que comenzó su trabajo como narrador con breves historias que se publicaban en revistas humorísticas, estaba consciente de que su obra no era un producto perecible: «Me leerán durante siete años, a continuación me olvidarán. Después -pasará un periodo- empezarán a leerme de nuevo y, esta vez, me leerán durante mucho tiempo», predijo una vez. Y tuvo razón.

Su vida, tal como sus más recordados relatos, fue breve: murió a los 44 años, víctima de una tuberculosis que arrastraba desde los 24 y que contrajo, en su calidad de médico, en el diario contacto con sus pacientes. El sufrimiento, sin embargo, lo acompañaba desde mucho antes: durante su infancia soportó la brutalidad de un padre que, a su vez, había sido criado con igual dureza por un progenitor que tuvo que pagar tres mil quinientos rublos para dejar de ser un siervo y convertirse en un hombre libre.

El futuro escritor asimiló las amargas lecciones que se desprendían de esa enseñanza, pero también cultivó el juego y el humor junto a sus hermanos. En esa combinación de estímulos se encuentra, probablemente, el germen de la visión de mundo que transmitió en sus más conocidos cuentos y en obras teatrales como Tío Vania y Las tres hermanas .

Convertido en un joven despierto y estudioso, obtuvo en 1879 una beca que le permitió dejar su pueblo natal, Taganróg, para seguir la carrera de medicina en Moscú.

Comenzó a escribir historias cortas para pagar sus estudios, y las limitaciones de espacio que le imponían los editores lo estimularon a desarrollar el estilo conciso que lo hizo famoso y que, durante el siglo veinte, fue admirado por autores tan disímiles como Thomas Mann, Vladimir Nabokov y Leon Tolstoi. Su larga sombra llegó hasta Raymond Carver, quien, al ascender al estrellato, fue ensalzado, precisamente, como reencarnación estadounidense de Chejov.

Se casó en 1901 con la actriz Olga Knipper, y ella lo acompañó en su última noche de vida: instalado en un hotel de Berlín, ciudad a la que viajó en busca de ayuda médica contra la tuberculosis y en la que fue desahuciado, despertó súbitamente, el 2 de junio de 1904, y pidió a su mujer una copa de champaña. Cuando tuvo la bebida en su mano susurró»me muero», para luego tomarla lentamente. Después, se recostó de lado y, tal como había anunciado, murió.

Dolor e ironía

Antón Chejov, quien nació el 29 de enero de 1860, combinó en sus obras el examen del dolor humano con un análisis finamente irónico de las debilidades que impiden que el ser humano sea feliz.

Su sutil estilo literario se alejó del tono épico de sus antecesores, y el naturalismo de sus personajes anticipó elementos de la narrativa moderna al presentar un tipo de héroe que, como observó Vladimir Nabokov, es «un hombre bueno incapaz de hacer el bien».

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