Natalia Ponce y María Elena Pinochet levantaron, a punta de esfuerzo, un gimnasio que innova de modo virtual
Tú pedaleas debajo del mar, en la galaxia, en la sabana, en el cielo, en medio de dinosaurios, cuenta una de las socias.
La sana costumbre de ir al gimnasio varios días a la semana, los beneficios que trae para el cuerpo y la cabeza, la tranquilidad mental y relajo que provocan, para muchos tiene un costo: aburrirse de pedalear sin llegar a ninguna parte. Para hacer más llevadera esa travesía, Natalia Ponce, con su socia María Elena Pinochet, profesora e ingeniería comercial, respectivamente, implementaron una solución digital en que los ciclistas estáticos recorren rutas virtuales proyectadas en una pantalla gigante.
«Cuando iba al gimnasio el profesor decía, imagina que vas subiendo la montaña. Y yo dije, ¿por qué tengo que imaginarla? ¿Por qué no la puedo ver?», cuenta Ponce.
«Comencé a buscar soluciones tecnológicas, estímulos, cosas sensoriales que activaran el cerebro para que las personas se entretuvieran y no estuvieran contando los minutos para terminar. En Chile cuando partimos en 2022 no había nada de ese tipo», agrega la emprendedora.
En la solución tecnológica, que hoy opera en el gimnasio Virtual Bike (@virtualbike), ubicado en avenida Kennedy 5770, Vitacura, el ciclista está al centro de una pantalla gigante de alta resolución, en la que aparecen mundos virtuales (fotos en https://goo.su/jYVP). «Tú pedaleas debajo del mar, en la galaxia, en la sabana, en el cielo, en medio de dinosaurios. Todo esto pasa en un salón oscuro, en que no hay espejo, no hay competencia, solo el trabajo de cada uno y las sensaciones. Eso hace que el tiempo se te pase, porque además tienes al instructor diciéndote, ponte de pie, siéntate, acelera», cuenta Ponce. «Recorres la sabana como en un jeep en un safari y, de pronto, te aparece una suricata; son cosas así», agrega.
Según cuenta la emprendedora, ella escoge las rutas de un total de 50 posibles. «Yo agrego la música, los beats y la velocidad, según quiera que vaya más rápido o más lento», cuenta.
Duro camino
La historia que vivió Natalia y su socia para concretar su proyecto de gimnasio puso a prueba una aptitud clave para un emprendedor: la resiliencia. Natalia comenzó todo cuando, según cuenta, se retiró de un trabajo en que existía un ambiente tóxico. «Lo pasé muy mal y me refugié en el deporte para protegerme, hasta que finalmente decidí dejar ese trabajo. Tenía ahorros y pensé en un gimnasio, pero mi tema era hacerlo más entretenido, así que llegué a las rutas virtuales», relata.
En el camino, le contó de su proyecto a María Elena. «Ella, que es ingeniera comercial, me propuso evaluarlo y calculó que era una idea muy rentable, así que se sumó. Por suerte que fue así, porque sin ella esto no hubiera resultado, lo sacamos a punta de esfuerzo». En 2022 inauguraron, pero tuvieron que parar casi de inmediato.
«Partimos con todas las ganas y se nos vino la pandemia. Pasaron 18 días y tuvimos que cerrar. Al día siguiente nos preguntamos qué hacer, cómo íbamos a pagar el crédito, si tirábamos la esponja y cerrábamos. Y en ese momento se me ocurrió arrendar las bicis. Teníamos 15 y empezamos a hacer clases online».
Así pudieron sobrevivir y cuando ya se habían estabilizado se les vino otro problema. El dueño del local donde tenían el gimnasio les dijo que tenían que cambiarse a un piso inferior de 600 metros cuadrados, mucho mas grande y caro.
Entonces deciden arrendar el espacio cuando no lo usaban, pero les sobrevino otro problema. «Saqué una foto del local, y la primera llamada que recibí era una estafa. Mi marido escuchó que el tipo me dijo que me iba a mandar un link, que yo lo tenía que pinchar y que me iba a mandar la información. Ahí nos dimos cuenta que era una estafa», recuerda.
Luego recibieron una segunda llamada y, como ya estaban sensibles con las estafas, dudaron. «Me llamó una chica, me saludó, me dijo su nombre y que era de una iglesia que estaba interesada en arrendar. Nosotros dijimos, claro, seguro que sí, que son de una iglesia. Tuvimos que juntarnos y ahí constatamos que era cierto», cuenta.
«En la semana hacíamos las clases, y el sábado en la noche corríamos las bicicletas para esperar a la iglesia que funcionaba los domingos con unas 200 personas. Desde entonces trabajar con ellos fue muy bueno, fue todo de mucha luz», agrega.


