El thriller romántico no incurre en pirotecnias condenadas al fracaso.
Después del conchazo que se pegó»Avatar» en los premios Óscar no me vengan con que el 3D es la última chupada del mate ni con que los efectos especiales la llevan. Lo demostró ayer «Feroz» en su primer capítulo. Los desgarradores revolcones de Cristián Campos en su habitación, al transformarse en hombre lobo fueron actuación neta. Claro, reforzados con uno que otro sonido de tripa rompiéndose que sugerían que el hombre realmente estaba estirando la pata, pero en lo medular era un muy buen actor haciéndonos creer algo. Como los políticos, pero con la diferencia que los de las teleseries no hacen puerta a puerta.
La misma licantrópica transformación de Ignacio Garmendia también fue muy convincente. Al principio tenía todos los visos de ser un tributo a «El hombre increíble», pero al final la artesanal honestidad del director Sebastián Freund pudo más y lo que vimos fue al mismo cabro flacuchento que empezó la metamorfosis completándola con las orejas más puntiagudas, los colmillos más prominentes y la camisa abierta. Pero igual de menesteroso muscularmente hablando.
A Campos, a su personaje (Guillermo Bernal) lo encontré mucho más cínico (que no es sinónimo de hipócrita, sino antónimo) y descarado que al ñoño don Domingo, personaje que encarna Álvaro Rudolphy en «Vrolok» de TVN, usualmente preso de escrúpulos y titubeos más propios de un humano que de un vampiro hecho y derecho. Que ya se haya mostrado como un romántico incorregible (corteja a un antiguo amor, Tamara Acosta) no le quita en nada mérito. Para algunos pérfidos especimenes masculinos lo único malo del proceso de la conquista es que a veces resulta (por lo que me han contado).


