Arrebatadora perfección china

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Autor de la Foto: PATRICIO MELO
Título/Pie de foto: Tan Dun la lleva.

FOTO 2
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Título/Pie de foto: Mario Córdova


Mario Córdova

Llegó enero de 2015 y con él una nueva versión de «Santiago a mil». Este festival internacional que tradicionalmente se toma la cartelera artística en el despunte del año y que tanto se asocia a la dramaturgia, tuvo un comienzo musical con la importantísima presencia de Tan Dun, célebre compositor chino, mundialmente famoso por sus partituras para el cine.

Dirigiendo la Orquesta Filarmónica de Santiago, el ilustre visitante ofreció dos presentaciones en el Teatro Municipal y en la Plaza de la Constitución.

Asistimos a la primera de ellas, que tuvo una estructura curiosa, pues la contundencia de dos obras de Tan Dun fue precedida por cuatro breves piezas de diversos compositores, algunas en arreglos (¿del propio Tan Dun?) muy poco convincentes, incluso superficiales y forzadamente alargados. Tal fue el caso de «El cisne» de Saint-Saëns y «Claro de luna» de Debussy, donde lo más destacable fue la participación solista sucesiva de Zhu-Lin (cello) y el chileno Jorge Hevia (piano). Antes se interpretó, en versiones mucho más sólidas, una muy maciza «Danza del fuego» de De Falla y «La alondra» de Dinicu, con Keir David Gogwilt como solista. Si en una afloró la claridad y la fuerza de la batuta conductora, en la otra impactó un violinista de acero, que marcó el punto más alto de esta singular introducción al programa.

El paso a Tan Dun trajo un ascenso muy empinado a la jornada. Cerrando la parte inicial se escuchó su «Triple resurrección», para gran orquesta, con solos de violín, cello y piano, concebida en 2013 como homenaje a los 200 años del nacimiento de Wagner. Otro gallo cantó aquí, y muy sonoro.

Se pudo recibir de primera mano la creación de una gran figura de la música sinfónica actual de China, con un magnífico estilo composicional donde se fusionan discursos de oriente y occidente sobre el sutil fondo, con efecto electrónico, de un lejano torrente de agua. La breve obra llegó fácil y directa, con un final de gran calado que atrapó por completo a la audiencia.

La segunda parte, en cambio, trajo una obra de mayor duración, peso y densidad, menos fácil y menos directa para públicos no interiorizados en su significado o su génesis. Se trataba de «Las canciones secretas de las mujeres», una suerte de suite para arpa y orquesta, con fuerte presencia de proyecciones en video, en que grabaciones de cantos y lamentos femeninos son acompañados por el recurso sonoro en vivo. Tan Dun aquí creció y se desplegó en su salsa, traspasando a la audiencia más despierta un cúmulo de emociones muy íntimas e intensas, que culminan con mayor extroversión y arrebatadores sones danzantes.

Bien por «Santiago a mil»; bien por este gigantesco aporte artístico que en el Municipal y luego, en un muy masivo concierto, puso a mil a Tan Dun.

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