Desde peleas con barristas y lanzas hasta escolares simpáticos, aromaterapias y fantasmas
La gente cree que los de Colo Colo son los más difíciles, pero son los de la U y ahora último los de Católica, que andan muy agresivos, cuenta uno de ellos.
«Los días más complicados, aparte de los obvios, como el del Joven Combatiente y esas cosas, son los fines de mes, sobre todo entre 8 y 10 de la noche, por los curaditos que hay que calmar y sacar de las estaciones. Y entre éstas las más difíciles son las de transbordo, como Baquedano y Los Héroes, aunque a mí no me gusta mucho la Cal y Canto, porque llegan todos lo que vienen entonados de La Piojera», cuenta un hombre cuarentón, casado, con hijos, y que con tono amable pide ser identificado para esta nota sólo como Alberto, mostrando para la fotografía únicamente su chaqueta de servicio.
Alberto es vigilante del Metro, un funcionario activo, de esos de azul y que portan armas. Y esta semana tanto él como todos sus colegas han estado bajo la lupa ciudadana, luego de que dos reportajes televisivos abordaran el tema de la seguridad al interior del tren urbano. Uno fue el del programa «En la Mira», de Chilevisión, que siguió los pasos de los lanzas en los andenes. Y el otro Teletrece, que exhibió imágenes de la salvaje golpiza que en diciembre del año pasado, en la estación Los Héroes, recibió el gásfiter Pedro Díaz, quien finalmente quedó con daño neurológico. Su agresor, capturado por un pasajero, actualmente está en prisión preventiva.
En diferentes portales web -como Reclamos.cl – y secciones de cartas a medios escritos también se han desatado discusiones acerca de la labor de los guardias. Algunos los apoyan y otros dicen que frente a situaciones peligrosas hacen la vista gorda, como denunció Pamela Soto a Las Últimas Noticias, asegurando que el pasado 23 de abril, en la Estación Vicente Valdés, presenció una larga y violenta pelea sin que nadie interviniera.
Los dimes y diretes, en todo caso, parecen ser gajes del oficio para los aludidos. «En general, salvo casos excepcionales, es una pega tranquila. La gente respeta mucho este espacio, que es como sagrado. Nadie lo ensucia ni lo raya. Además, el público ha ido cambiando. Antes los mañosos eran los escolares. Ahora son un amor y los malos son los barristas del fútbol. También salió esta cosa de las cámaras digitales e internet», cuenta don Juan, otro vigilante de la estación Baquedano.
-¿Y en qué influye la red?
-Por ejemplo, en eso que estuvo de moda hace un tiempo. Los lolitos tontos que se tiraban al techo de los vagones desde el segundo piso o se colgaban de un carro en movimiento mientras un amigo los grababa y después los subía a internet para jactarse. Era muy peligroso. Pero ya los podemos identificar antes de que hagan tonteras. Hay muchas cámaras.
-¿Hay algo que cambiaría?
-Que la gente sea tan preguntona. El Metro es muy organizado. Está lleno de carteles con las vías, los destinos, las calles y todo eso, y aún así a cada rato nos preguntan qué andén lleva a la Escuela Militar y mil cosas más. Somos súper amables, y lo vamos a seguir siendo, pero a veces aburre.
Con y sin pistola
Según cifras de la propia empresa Metro, en un día laboral cualquiera viajan más de dos millones de personas a través de este medio de transporte. O sea un tercio de la población de Santiago. «Hoy tenemos más de mil cámaras de vigilancia instaladas en accesos, pasillos de combinación, mesaninas (zonas de boleterías) y andenes de las 101 estaciones. Modernizamos los sistemas y mantenemos una estrecha coordinación con policías y fiscalías. Además, nuestros vigilantes son apoyados por un importante contingente de guardias civiles que recorren nuestras dependencias», esboza Raphael Bergoeing, presidente de Metro.
Pero ¿quiénes son estas personas que cuidan al enjambre de usuarios? ¿Cómo se organizan, qué hacen y cuáles son sus miedos? Habrá que partir diciendo que por razones de inteligencia se desconoce su número, pero, efectivamente, sí los hay de dos tipos: vigilantes, aquellos de azul, que cargan pistola y esposas, que están regidos por la Ley 3.607 -entre otras- y que son funcionarios contratados por Metro S. A.; y los guardias de seguridad, normalmente de negro, sin armas y que dependen de dos empresas externas, «Eulen Seguridad» y «Seguricorp».
Los primeros tienen una función netamente de prevención delictual y están asignados por zonas, que pueden abarcar más de una estación. Los segundos, en cambio, efectúan funciones mixtas entre la seguridad, sobre todo de las máquinas torniquetes, donde se pasan los colados, y el servicio a la clientela. Normalmente permanecen en una sola estación. Roberto es uno de estos últimos.
«Se cuentan muchos mitos sobre nuestro trabajo, pero el último tiempo los únicos que me han dado problemas son los chicos skaters, que a veces creen que esto es una pista de patinaje. Y bueno, los típicos escolares sin plata que te piden que los dejes pasar», cuenta.
Quienes atienden locales comerciales dentro de las estaciones destacan su labor de apoyo en caso de problemas. «La verdad es que ellos nos cuidan harto. Siempre están preguntando si estamos bien y cuando vienen los mecheros (ladrones) los llamamos y ellos los sacan, aunque no sea su obligación», sostiene Angélica Aguilera, de Fuchs, en estación Irarrázaval.
En general, según lo que cuentan los mismos vigilantes, sus sueldos parten -como promedio- en 410 mil pesos y pueden llegar a bordear los 900 mil por bonos, antigüedad y otros extras. Rinden varios exámenes sicológicos al año, asisten a cursos con el OS-10 de Carabineros y cada 24 meses acreditan su manejo del arma en el GOPE. En cuanto a horarios, se subdividen en cuatro turnos escalonados, de siete a ocho horas cada uno. Dos en la mañana (desde las 05.30) y dos en la tarde (hasta las 0.30).
Desde el Transantiago
Alberto, aquel vigilante que sólo permitió fotografiar su chaqueta, cuenta que actualmente trabaja en el turno que abre el día. «Un radiotaxi me pasa a buscar antes de las 5 de la mañana y ahí partimos. Somos varios, porque la idea es manejarse siempre en grupo», dice.
-¿Le ha tocado algún episodio peligroso?
-Hace dos años, en la Estación Cal y Canto, una persona golpeó una de las puertas de salida. Estaba drogado, pero tranquilo. Lo retuvimos hasta que llegó la policía, pero en eso él sacó un arma. Gracias a Dios no hirió a nadie. Lo redujimos como entre cinco.
-¿Es cierto que la gente quedó más irritable después del Transantiago?
-Cambió mucho, pero no sé si más irritable. Es que muchas cosas han cambiado. Los barristas del fútbol, por ejemplo, son una situación complicada. A veces hacen destrozos, roban cosas y todo el sistema como que hace la vista gorda. La idea es separarlos lo más posible para que no actúen en masa. Y en eso también hay mitos. La gente cree que los de Colo Colo son los más difíciles, pero a mi juicio son los de la U y ahora último los de Católica, que andan muy agresivos.
-¿La empresa los apoya en estos incidentes?
-En general sí. Tenemos buenos equipos personales, hay tecnología de punta y, además, como algunas encuestas internas dicen que nuestro clima laboral no es óptimo, que sufrimos mucha tensión, nos han puesto ayuda sicológica, terapias, cursos de autocontrol y hasta aromaterapias. Por otro lado, aquí también hay bonos de Navidad, vacaciones, Fiestas Patrias, en fin, no nos podemos quejar. Es una buena empresa.
-¿Cómo manejan los suicidios en los andenes?
-Es un tema complicado. Lo único que te puedo decir es que en esos casos se saca a la prensa, a la gente y a todas las cámaras, para que llegue sólo la policía. Pero son eventos muy esporádicos. Con lo que realmente uno lidia es con el músico simpático que quiere juntar monedas en el pasillo, con el vendedor ambulante que hay que escoltar a la salida, con el calor insoportable del verano. Hasta con los fantasmas de la noche (risa).
-¿Espíritus?
-Ja ja, no, son historias que cuentan. Muchas veces yo me he quedado hasta tarde y nunca me ha pasado nada raro, pero sí he visto subir pálida a la gente del aseo. Es que de noche el Metro es otro mundo. Se limpian cosas, se revisan otras, se prueban trenes. Es un mundo aparte.
-Según Metro, cada dos millones de usuarios sólo se registra una denuncia de delito en su interior.
-«Ellos siempre son amenazados»
Eugenio Valenzuela (en la foto) es el presidente del sindicato No 1 del Metro y tiene claro la tensión que a diario viven sus guardias y vigilantes. «Es parte del clima que les toca vivir. Te puedo asegurar que ellos constantemente son amenazados por los delincuentes», revela.
-¿Le han dicho que tienen miedo?
-Miedo no, porque están conscientes de que es parte de la naturaleza de su trabajo. En buen chileno ellos son bien machitos y no se quejan, pero también hay que ser justos y reconocer que si bien es un trabajo tensionante, la mayor parte del tiempo interactúan con gente normal y tranquila. Y la empresa también se ha preocupado de ellos. Hay planes con sicólogos, cámaras de seguridad y un buen soporte tecnológico.
-¿Y la relación con Carabineros?
-Es buena, pero nosotros, como sindicato, también hemos pedido que se mejore. Hemos tenido casos de barristas que han agredido a los guardias y después la policía se los ha llevado detenidos a los dos, bajo el rótulo de riña. Hemos reclamado y Metro nos ha apoyado, porque se debe entender la labor de defensa y de control de los guardias. Defenderse no es una riña.
-Seguridad, su principal atributo según los pasajeros
Ya que el principal tema en el tapete es la seguridad, una de las cosas que más subraya Raphael Bergoeing, presidente de Metro, es la coordinación permanente que tienen con Carabineros.
«Por ejemplo, desde 1998 que existe la tenencia ubicada al interior de Baquedano. Desde allí se apoya diariamente a nuestros funcionarios con el fin de mantener una seguridad integral al interior de las estaciones. Sin embargo, como en todo espacio público, no estamos ajenos a la delincuencia y ocurren delitos, mayormente hurtos, aunque no se trata de algo generalizado», explica.
Según cifras entregadas por el mismo ejecutivo, la tasa de denuncia es de 0,53 por millón de pasajeros. Esto significa que diariamente, entre los dos millones de usuarios que utilizan el servicio, sólo se registra un delito denunciado. Lo que, obviamente, no quita que haya más sin denunciar.
«Como referencia internacional, hay metros en el mundo donde esta tasa supera los 10 delitos por millón de pasajeros. De todos modos, la idea es trabajar y seguir mejorando en conjunto con nuestros usuarios, porque ellos reconocen a la seguridad como uno de los principales atributos del Metro de Santiago», dice Bergoeing.


