Murió el mago Larraín. Lo primero que se me viene a la cabeza es mi niñez televidente, una en la cual el oficio de prestidigitador o ilusionista gozaba de muy buen salud en ese medio. Recuerdo junto al patriarca del clan Larraín a Ling Fú, al mago Oli, al gritón de Tamariz. Un amigo muy mayor ya me sopla a Romario, del programa Teleminimundo de Televisión Nacional. ¿Ése no jugaba fútbol? Enseguida recuerdo el plus humorístico que siempre supo darle Larraín (o más bien el mago Helmut, su narigón y greñudo alter ego) a su performance.
Tenía mucho sentido del espectáculo. Una visión que lo hizo darse cuenta de que lo suyo era entretener, más allá de limitarse a descubrir dónde estaba la carta seleccionada por alguien o cómo transformar un pañuelo en una blanca paloma. Este legado de la mixtura entre magia y humor lo compartió con Pepe Tapia y hoy sólo Paulo Iglesias mantiene vigente esta amena doble militancia.
Larraín trabajó con casi todos los grandes, desde Maluenda y Matas hasta Caprile y Don Francisco. De hecho, junto al padre de Vivi y a Alejandro Chávez padre son los únicos progenitores que han superado en fama a sus retoños también mediáticos. Entre Helvio y Ricarte Soto me atrevería a decir que hay un virtual empate, por más sacrílega que les parezca esa percepción a los amantes del cine nacional. El padre de los Larraín no trepidó en su momento en enfrentar a quienes se entregaron a la odiosa tarea de develar los secretos del trabajo de los magos. A fines de los 90 encaró a Víctor Gutiérrez, que en un programa de Julio Videla incursionó en este tipo de soplonaje y en un tiempo mas reciente dejó en claro su oposición a la propuesta de «El mago enmascarado». No maten la magia, fue su consigna.
Quiero detenerme en Helmut. Sentidamente. Por última vez. En ese intratable personaje de raíces germanas radicaba mucho de la propuesta hermética a ratos aunque permanentemente espontánea que heredaron sus hijos, sobre todo el homónimo. Había en sus presentaciones una casi punk rebeldía contra el tradicional sistema televisivo. Baste recordar que su show se extendía cuanto quería el mago de hablar enredado, susceptible como él solo y cuyo temperamento no reconocía más jerarquías que la que le dictaba la excelencia del truco acometido. Era una suerte de Don Pío de la magia. ¿Qué quién era Don Pío? Chiuuuuuuu. Como que se me vinieron los años encima.


