Ávidos de ser escuchados, solitarios e hiperconectados: así son los niños y niñas de estos tiempos

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Tenemos que hablarles, darles ese espacio, dice neurosiquiatra

Amanda Céspedes y la filósofa Lorena Herrera Philips concuerdan en que la soledad volvió crónica después de la pandemia.

Al preguntarles cómo son sus hijos e hijas, un grupo de amigas y madres de niños que van desde los 4 a los 10 años, instaladas este domingo en la plaza Río de Janeiro, en Providencia, lanza conceptos como «pasan pegados a las pantallas», «son mucho más sensibles», «comparados con otras generaciones son más autónomos», «se adaptan con más facilidad». No están lejos de la realidad. Pero dos expertas agregan que a menudo los menores enfrentan problemas de soledad.
Amanda Céspedes, neurosiquiatra infanto-juvenil, escritora y académica, refuerza la idea: «Si extraemos a un niño urbano podemos decir, en términos generales, que hay factores que lo sitúan en una realidad de mucha soledad. Los niños, pre adolescentes y adolescentes están muy solos. Es una soledad muy particular, porque muchos parecen estar rodeados de gente, quizás con la familia, pero hay una soledad en ellos. No son escuchados, tienen muy pocas posibilidades de hacer oír su voz».
Suena muy triste. Amanda.
«Es muy desgarrador, pero es algo que se ha acentuado desde la pandemia. Estuvieron confinados, con los padres y la familia en la casa, pero nunca habían estado más solos. Ya sea por padres que tenían que teletrabajar o porque estaban ocupados con sus propios problemas. Eso los obligó a hiperconectarse. Fue su forma de supervivencia: para no molestar a los padres se conectaban a una pantalla. Cuando volvimos a lo presencial eso quedó habituado a llenar su soledad. Los niños de estos tiempos, por ejemplo, no saben cantar, no juegan a las rondas, no se les invita a jugar».
Se podría pensar que, por lo mismo, están más ávidos de vida social.
«Están ávidos de ser escuchados en una sociedad que los dejó de escuchar. Hay niños felices, pero son pocos. Están asustados, solos y con mucha necesidad de presencia. Aquellos que son capaces de conectar con otros y con ellos mismos son aquellos que tienen la suerte de ir al jardín infantil. Están protegidos. En el jardín desarrollan talentos y son escuchados, pero en casa siguen estando solos».
Lorena Herrera Philips, académica de la facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, especialista en infancia y educación y autora de «Yo y la filosofía» y «¿Cómo se crea un ser humano?», aporta su mirada: «Es cierto que los niños y niñas están más solos, pero eso no tiene que ver con una opción de los padres, sino con la manera con que se entiende la vida en nuestro país. En el sentido en que hay que producir para tener los ingresos básicos que permitan entregarle a ese niño o niña salud, educación, etc. Es un círculo bastante poco sano. Lo que sí hay un disfrute y expresión de sentimientos».
Eso es muy bueno.
«Los niños y niñas de hoy, sobre todo los que tuvieron experiencias pandémicas, están aprendiendo a disfrutar y eso hace que ese niño o niña esté más ávido de buscar, de asombrarse. Con respecto a sus emociones hay mucha menos censura en la expresión de emociones, que la generación de los 40 para arriba no tuvimos. Ellos sí tienen un espacio más abierto para expresarse».
Tanto para Herrera como para Céspedes hay maneras y tiempo para modificar el panorama actual de nuestros niños: «Los que estamos al medio tenemos que comprender que hay una sabiduría en la infancia y en la vejez. Se suele pensar que el viejo te habla de la nostalgia y el niño de sus fantasías, pero qué hermoso sería y que distinta sería nuestra cotidianidad, si pudiera teñirse de una mezcla de esa nostalgia y fantasía», comenta la filósofa.

En tanto la neurosiquiatra apuesta porque la comunidad, padres y madres pueden cambar esta realidad. «Primero, visibilizando al niño. Tenemos que hablarles a los niños, escucharlos, darles ese espacio. Espacios para jugar, para moverse, para que sean ellos. Tenemos que repensar las infancias. Es como una arcilla blanda que se puede moldear y todos tenemos responsabilidad para verlos en su gran dimensión, son prodigiosos. Los tenemos que cuidar porque son los adultos del mañana y en la medida que los cuidemos ahora vemos a tener adultos sanos, buenos, personas creativas».

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