El primer semestre de este año se registraron 14.568 casos
El doctor en filosofía política Cristóbal Bellolio analiza cómo la clase gobernante fue cambiado su mirada sobre el tema.
Los ingresos clandestinos en Chile cayeron con fuerza después del peak de 2022. Ese año se registraron 31.910 casos en el primer semestre. Siempre analizando el mismo periodo, en 2023 fueron 22.820; en 2024 14.834 y en 2025 14.568. Los datos provienen de una investigación de El Mercurio, elaborada con cifras de la Policía de Investigaciones y del Centro de Políticas Migratorias.
La mayoría de quienes cruzan por pasos no habilitados son de nacionalidad venezolana. Representaron el 75,37% en el primer semestre de 2025. Les siguieron colombianos (9,14%) y bolivianos (5,89%). El resto de las nacionalidades no superó el 3%.
El registro se construye de dos formas: personas que entraron clandestinamente, que se autodenunciaron ante la PDI y quedaron inscritas en las estadísticas, y personas detectadas en controles fronterizos, fiscalizaciones y operativos policiales.
¿Qué explica la baja de ingresos clandestinos tras el peak de 2022? Cristóbal Bellolio, abogado y doctor en Political Philosophy por la University College London, profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez, analiza el trasfondo político y social del fenómeno.
«Hoy existe un consenso social en que la migración en Chile se ha descontrolado un poco. Nosotros teníamos un país acostumbrado a vivir con, más o menos, los mismos de siempre, sin mucha variación étnica, religiosa o lingüística. Y en el último tiempo, yo diría que desde el ingreso de los haitianos y después de los venezolanos, hemos enfrentado un shock migratorio al cual no estábamos acostumbrados», comenta Bellolio.
«Descriptivamente hemos enfrentado un shock migratorio y lo interesante es que hoy ese consenso social, donde nos pasamos para la punta recibiendo gente que no podíamos acomodar bien, está reflejado en un consenso político», añade.
¿Qué cambió en la política migratoria?
«Las autoridades de hoy comenzaron gobernando diciendo migrar es un derecho, no hay ser humano ilegal, y era la derecha la que decía metámosle zanja, hagamos un muro en la frontera, como decía Ramfis Domínguez-Trujillo. Sin embargo, hoy basta ver el último debate que tuvimos en las primarias presidenciales: hay acuerdo en que la migración se ha salido de los cuadros razonables y que hay que hacer algo al respecto. Parece haber un consenso que trasciende izquierdas y derechas respecto de que hay que revertir la situación o al menos controlarla. En ese sentido, lo revelador de las cifras es que este gobierno también ha hecho bajar los ingresos de inmigración clandestina. Es decir, las autoridades están más preocupadas de que esto no siga ocurriendo porque hay un consenso social y ahora político de que ya han entrado demasiados».
¿Qué rol tienen los países de origen en esta baja?
«Los países progresan económicamente cuando hay mayor inmigración. En eso no hay duda. De hecho, las pocas personas en la derecha que están hoy favoreciendo la inmigración, han hablado de la necesidad de que en el campo sigan existiendo inmigrantes para trabajar ahí. Las ciudades más desarrolladas y cosmopolitas del mundo, en gran parte, deben su fuerza a la inmigración: gente que viene de fuera con ganas de trabajar, de meterle ingenio».
¿Qué efectos concretos tiene la inmigración?
«Los que pagan los costos son aquellos que refuerzan la percepción de que la inmigración es mala. Y cuando se sale del marco de la creatividad y entramos en el marco de la ilegalidad, también aparecen coletazos en materia de seguridad, orden público y choques culturales que los países no acostumbrados tienden a sufrir».


