Es un duelo entre la cuota del asado familiar, con el choripán argentino decuchufleta, y la promesa de sufrir durante hora y media con un equipo que viene todo desguañangado en las eliminatorias.
La Selección Nacional de Fútbol siempre jugó con viento a favor como símbolo patrio, incluso en tiempos difíciles. Por algo es la Selección, la única de nuestras selecciones cuyo nombre suele escribirse con mayúscula. También la Roja o, en ocasiones, la Roja de Todos, cuando llega el momento en que nos subimos al carro de la victoria, porque «chileeeno, chileeeno, chileno de corazón, salta en la barra y dale al tambor, que Chile va a ser campeón». Ese canto que viene de los días felices de Francia 98, mucho antes de que las fantasías de tantos se hicieran realidad. Seamos sinceros: Chile campeón duró dos años y el resto es entusiasmo, lo que en el fondo habla bien del chileno como hincha de su equipo.
Chaquetero y todo, el chileno es más fiel con sus jugadores de lo que parece: es ladino por naturaleza y hace del sarcasmo un deporte nacional, pero a la hora de los quiubos ahí está con su banderita de tres colores para saludar al que entra a la cancha en su representación. No somos grandes artistas, pero tampoco queremos ser menos. En cualquier encuesta de pregunta abierta sobre nuestros emblemas como país la Roja sale de las primeras, junto al Dieciocho y sus derivados: la cueca, las fondas, los anticuchos, la chicha y la mansa caña del 20 de septiembre. En el Estadio Nacional, la Plaza Italia o el Parque OHiggins el nombre de Chile goza de buena salud.
Ahora el problema es la abundancia: el Dieciocho Godzilla de nueve días que ya se deja ver sobre la cordillera y amenaza con no dejar mono parado a fines de la próxima semana. O a mediados, todo depende del aguante del Canitrot que todos llevamos dentro. Puesta al inicio de la secuencia festiva, en su partido de este martes contra Bolivia, la Roja, a diecinueve luquitas la galucha y a ciento cuarenta y dos la preferencial, también palidece como carrete nacional. Las entradas están muy caras y el bolsillo aprieta. Es un duelo entre la cuota del asado familiar, con el choripán argentino de cuchufleta, y la promesa de sufrir durante hora y media con un equipo que viene todo desguañangado en las eliminatorias. No hay dónde perderse.
Al futbolero de corazón le duele, pero es la verdad. Mala suerte, la Roja paga el pato. Ni siquiera el peso de la historia contra Bolivia convence del todo a los hinchas que prefieren ir al estadio a la segura. Hace siete partidos que no le hacemos un gol a nadie, la peor racha entre las 210 selecciones nacionales adscritas a la FIFA. Como sea, igual podría haber sido distinto si el partido se jugaba en otra fecha. Programada para el martes 10 de septiembre frente al Dieciocho Godzilla, como diría uno de nuestros héroes antes de lanzarse al abordaje, la contienda es desigual. No nos asustemos, es lo que toca. Y si Chile gana, por supuesto, igual podemos sacar una empanadita guacha para alargar la previa con el Tigre Gareca y pedirle un pie de cueca al gringo Brereton para declarar oficialmente inaugurada la mega fonda en que se va a convertir este grupo de WhatsApp llamado Chile 2024.


