Buenos días, tristeza

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En otro momento habríamos aceptado esta derrota como una señal de que vamos por el camino correcto y que hay margen de mejora.

Nueve partidos jugados, cinco puntos. El peor de los escenarios en la Roja ya está entre nosotros, pero llega con una inesperada dosis de anestesia: Chile perdió ante Brasil jugando bastante mejor que en sus últimas presentaciones. En otro momento habríamos aceptado esta derrota como una señal de que vamos por el camino correcto y que hay margen de mejora. Quizás eso es lo que más va a doler cuando despertemos este viernes: nadie puede asegurar a esta altura que se trata de un avance y no de un último relumbrón antes de la hecatombe definitiva.

Esta caída con Brasil sin duda es una tentación que nos invita a conectar con nuestros antiguos triunfos morales, que de alguna manera dirigían los esfuerzos nacionales hacia la tranquila resignación del que va de derrota en derrota hasta que un día sorprende a medio mundo con una victoria heroica para volver a apagarse cuando el destino aprieta con exigencias mayores. Así era el fútbol de Chile antes de ganar dos veces la Copa América. Tibio, pero relativamente feliz con su medianía.

Ahora lo más probable es que al terminar la novena fecha de las eliminatorias la Roja figure en el último lugar de la tabla, si Perú le gana en Lima al servicio de aseo de los uruguayos que le está preparando la cama de su vida a Marcelo Bielsa. Últimos: es razonable. Razonable, merecido y, me temo, necesario. O penúltimos: ya, da lo mismo, a años luz del repechaje y sus falsas promesas de competitividad en la Copa del Mundo. Pensemos en eso también: qué diablos puede hacer en el Mundial el séptimo de Sudamérica. Porque ya no queda más que aferrarse a esa vana esperanza de meterse por la ventana entre los grandes, sin ganarse siquiera una pizca de respeto.

Hay que seguir, sin embargo. Y seguir depende afortunadamente de cosas que están a la vista. A la vista y a la mano, como el estreno de Marcelo Morales y Lucas Cepeda por el costado izquierdo del duelo contra los brasileños. La verdad es que Brasil le ganó a Chile con dos jugadas que se gestaron por ese mismo costado, para no volverse locos en la renovación de los juramentos, pero Morales y Cepeda al menos dieron señales de vida en el tejido necrótico de la Roja de Ricardo Gareca.

Se puede jugar y se puede perder, seguramente, sin ser avasallado por el oponente, pero antes de que se termine este suplicio también habrá que preguntarse por qué nos está tocando mirar desde tan lejos a selecciones como Bolivia y Paraguay, que parecen equipos de Copa Libertadores reforzados con dos o tres cracks de ligas de segunda categoría europea. Algo hay ahí de lo que no nos alcanzamos a dar cuenta todavía. Quedan nueve partidos aún: una eternidad.

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