En las cercanías de Chiloé
Especies que se habían ido ahora vuelven donde antiguamente vivían, explica un pescador.
Daniel Caniullán lleva más de 30 años como buzo y mariscador. No estudió biología marina ni usó mapas satelitales para entender que el fondo del mar se vació. Lo vio con sus propios ojos. «Hay especies que han desaparecido y algas que antes estaban presentes y ya no. Eso ha hecho que vaya mermando la biodiversidad», dice.
Ese mismo conocimiento hoy inspira prácticas similares en los fiordos de Chiloé, donde la escena se repite: zonas que antes albergaban caracoles, robalos pequeños, jaibas y pulpos ahora muestran una planicie de arena, sin refugios ni alimento. El fondo marino se volvió un desierto.
Desde hace un tiempo, sin financiamiento ni anuncios públicos, Daniel y otras familias tomaron una decisión. Identifican zonas dañadas. Llevan piedras limpias desde otros sectores. Las acomodan en el fondo marino para formar pequeñas estructuras. «Sirven como arrecife, porque permiten que nuevas especies se peguen y atraigan alimento para las que conviven en ese ecosistema», cuenta.
También sueltan algas. Huiro, pelillo, sargazo. Las dejan cerca de esas piedras para que generen sombra, protección, temperatura. «Especies que se habían ido ahora vuelven a reubicarse donde antiguamente vivían, porque ya tienen mayor protección y un ecosistema un poco más regenerado», explica.
Siberia Salgado es egresada de un Máster en Ecologia Terrestre i Gestió de la Biodiversitat de la Universitat Autònoma de Barcelona. Dice que esta técnica se llama reintroducción. «Son especies que antes habitaban la zona, pero debido a la degradación del hábitat ya no están presentes. Lo que se busca es que el movimiento deliberado de estos seres vivos al hábitat restablezca la población extinguida a nivel local, pero será exitoso siempre y cuando la amenaza que los extinguió ya no esté», explica.
Lo empírico
El método se basa en el conocimiento empírico que circula entre mariscadores y buzos. Uno de los gestos clave es el traslado de piures. Especie nativa, abundante en otras décadas, ahora escasa en ciertas zonas. Alguien reconoce una colonia viva. La extraen con precaución. La llevan a un sitio dañado. La fijan con piedra y tiempo.
El biólogo marino Rodrigo Hucke-Gaete, académico del Instituto de Ciencias Marinas de la Universidad Austral, explica por qué este gesto importa. «El piure filtra el agua de materia orgánica y va formando colonias con una estructura dura. Eso hace de refugio para muchas otras especies». Y precisa: «Cuando tienes un desierto en el fondo del mar, el depositar colonias de piure termina generando un análogo a un arrecife de coral.»
Hucke-Gaete lo considera un ejemplo claro de restauración funcional. Dice: «Esas mismas especies también ponen sus huevos ahí, y eso las refugia tanto de las condiciones ambientales como de los depredadores. De esa forma empieza a generarse un ecosistema completo.»
La restauración no ocurre de golpe. Se nota en la aparición de una centolla. En el rastro de un pulpo que vuelve a un rincón donde antes no pasaba nada. «Muchas familias lo hacen, y nosotros mantenemos esa práctica», dice Daniel.


