El ex futbolista hizo curso a los 58 años y junto a su esposa
Mi señora terminó el curso con nota 6,2 y yo con 6,1, por lo que tiene más antigüedad y tiene el derecho a mandarme, bromea el otrora presidente del Sifup y abogado, que estuvo 25 días sábado recibiendo instrucción militar. En enero le entregarán su credencial.
Cuenta Carlos Soto (58) que hace exactamente 40 años fue llamado a hacer el Servicio Militar Obligatorio, pero que, como se dice habitualmente, se lo «sacó» de una: «Ese año (1983) debuté en el primer equipo de Universidad Católica y además estaba estudiando, por lo que me eximí presentando un certificado de futbolista profesional».
Nunca tuvo la intención de pisar un regimiento durante sus años en el fútbol -que incluyen su presidencia en el Sindicato de Futbolistas Profesionales (Sifup)- hasta que un día se dio cuenta de que era un ciclo que quería terminar.
«Un amigo me invitó a una charla en la Estación Naval Metropolitana en Quinta Normal y me alucinó lo que contó un rescatista naval, esos que se lanzan al mar para salvar personas. Cuando terminó la charla y se prendieron las luces, me di cuenta de que todos los asistentes eran uniformados, menos yo. Uno de ellos me dijo que yo era ‘paisa' y no entendí qué significaba eso. Me dijo que era ‘civil' y me encantó eso de que hubiese un lenguaje propio. Me preguntaron si me gustaría hacer el curso de Reservista, que era como hacer el Servicio Militar, pero más corto, y ahí enganché al tiro. Me dijeron qué papeles necesitaba y cuándo debía postular y fui y me matriculé. Lo extraño fue que cuando llegué a hacer el trámite, la que enganchó también fue mi señora (María Isabel Espinoza)».
¿Cómo?
«Ella me acompañó a presentar los papeles y preguntó si aceptaban mujeres. Le dijeron que toda persona que cumpliera con los requisitos y presentara sus papeles sería aceptado. Ella es profesora de Educación Física, aunque ahora tiene un cargo administrativo en un colegio, por lo que pensó que era una buena manera de hacer actividad física. Pocos días después presentó sus papeles y fue aceptada».
¿Tuvieron que pagar algo?
«Es gratuito. Sólo debemos comprar el uniforme, pero nada más».
¿Y sus hijos apoyaron esta loca aventura de ustedes?
«Es que ellos ya son grandes -Sebastián tiene 34 y Benjamín 32- y viven sus vidas. Sebastián, de hecho, es papá de nuestro nieto Santiago, de dos años. Nosotros con María Isabel estamos casados hace 34 años y ahora vivimos solos y esto se nos presentó como una posibilidad de vivir algo nuevo como pareja».
No debe ser común que parejas o matrimonios hagan este curso.
«Así es. Creo que somos los primeros. Por eso de entrada nos dijeron la regla que nos regiría: nada de besitos ni tomaditas de manos durante el período de instrucción».
¿Cómo fue ese periodo? ¿Fue duro en lo físico, muy recargado en lo teórico?
«Fue intenso y había que cumplir con los días y horarios de entrenamiento en forma rigurosa. De 27 que entramos este año, vamos a salir 13. Fuimos cada sábado por medio a instrucción en Quinta Normal. A las 7.30 de la mañana teníamos que estar listos en ropa deportiva. A las 7.50 se hacía el saludo a la bandera con el clásico toque de campana. Luego nos mandaban a correr y hacer ejercicios físicos cuya intensidad dependía de la edad de cada uno. Después, ducha y desayuno. Luego instrucción militar básica y clases de historia, salvamento, primeros auxilios y actuación en incendios. Tras eso almorzábamos, el rancho que le dicen, y en la tarde había charlas. Terminábamos como a las cinco de la tarde».
¿Qué fue lo que más disfrutó?
«Todo, pero lo principal fue darme cuenta de lo poco que sabía de muchas cosas. Por ejemplo, que Arturo Prat no se llamaba así. Es decir, que su primer nombre era Agustín. O que el 21 de mayo de 1879 no sólo se produjo el Combate Naval de Iquique, sino que también el Combate Naval de Punta Gruesa».
¿Hubo algún momento duro en que a usted o a su señora les dieran ganas de abandonar la instrucción?
«La verdad es que lo hemos disfrutado harto con mi señora. Ella, de hecho, terminó el curso con nota 6,2 y yo con 6,1, por lo que ella tiene más antigüedad y tiene el derecho a mandarme, lo que obviamente ha provocado la burla de todos mis compañeros y superiores. María Isabel, de todos modos, tenía dudas de que pudiese resistir el tema físico en el mar, que es lo que hemos estado haciendo este fin de semana en el Centro Naval de Instrucción para Reclutas en la Isla Quiriquina. Nos han levantado a las tres y a las cinco de la mañana para meternos al mar con temperatura muy baja porque estadísticamente los desastres se producen en su mayoría a esa hora. Pero mi señora ha andado bien. Ya es toda una Reservista».
Ahora que termina podrá decirlo: ¿Son muy pesados los instructores?
«Jajaja, no, aunque yo tenía la misma idea antes de entrar. Todos ellos han sido firmes, pero, a la vez, muy buena onda. Los tenientes Huerta y Kopaitic son los de mayor rango, y los que han estado al lado nuestro en cada momento son el suboficial Cataldo, el sargento Pérez Giuffra y los cabos Roca y Burr. Nada que decir. No son como los instructores que uno ve en las películas gringas, jajaja».
Como Reservista, ¿cuál será su eventual labor de ahora en adelante?
«Se supone que como Reservista activo de la Armada de Chile estamos en condiciones de ser llamados en caso de cualquier conmoción, especialmente dentro del país. Eso incluye, por ejemplo, terremotos, tsunamis, incendios o cualquier situación que requiera de ayuda. Podemos cavar zanjas, remover escombros, meternos al agua para asistir. De hecho, también empezamos a tomar exámenes a los aspirantes a grumetes. A la larga, mi señora y yo ahora estamos como nunca al servicio de la Patria».


