La directora de la Onemi vive a full la tragedia
Son las 15 horas y Carmen Fernández, la directora de la Onemi, sale de una reunión de coordinación en el Palacio de la Moneda. Viene con un cigarro en la mano a punto de encenderlo, uno de tantos que ya se ha fumado. Luce evidentemente cansada, algo temblorosa e inquieta y, con pocos micrófonos alrededor, confiesa: «Sabes, no he dormido nada. Desperté con un gran terremoto y no me he vuelto a acostar. No he pegado un ojo».
Su fiel compañero en estas horas cruciales, relata, ha sido el cigarro, aunque de una manera mucho más exagerada. «He fumado mucho, mucho más que antes», agrega mientras camina por el centro de Santiago justo antes de encender su cigarro, en una cuenta que ya perdió hace rato.
Testigo de todo este cansancio acumulado es Sergio Chee, guardia de seguridad de la Onemi. «Siempre se la ve seria y ha trabajado sin parar. La señora Carmen llegó el sábado pasadas las 4 de la mañana, al poco rato del terremoto. Después almorzó y no ha parado», cuenta con un orgullo que ya se lo quisiera Espinita, pero que es muy real.
Con varias catástrofes naturales en el cuerpo, Carmen Fernández hace rato que se armó de valor para enfrentar estas eventualidades. «Aquí se trabaja con vulnerabilidad, con daño humano y con el tremendo dolor de las personas. Si uno no es capaz de situarse en las necesidades que están teniendo las personas mejor que se dedique a otra cosa», dice muy seria la mujer cuya voz, siempre ronca, luce más agotada que nunca.
«En cada uno de estos eventos, en la medida que yo pierda el control de la emocionalidad ya no sirvo para este trabajo», agrega poco antes de tomar un vehículo. «Este es el evento más grande que me ha tocado vivir en mis 25 años de dedicación al área de desastres», alcanza a decir antes de despedirse y volver otra vez a la acción.


