Carta al joven Viñuela

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El inspirador caso del gladiador que vive bajo la piel de un animador de TV.

Este viernes, en «Tal cual» de TV+, José Miguel Viñuela confesó a Raquel Argandoña, Jordi Castell y sus televidentes que a sus 51 años no siente la misma pasión por la televisión que experimentaba a los 23. Aclaró que le sigue divirtiendo estar frente a las cámaras, pero hizo el matiz de que lo motivaría aún más concentrarse, por ejemplo, en levantar casas en diferentes regiones del país (desde hace un tiempo, en forma paralela a su trabajo en TV, incursiona en el rubro de la inversión inmobiliaria).
A través de un amigo en común, me he enterado del profundo dolor que le han causado a Viñuela algunas de mis críticas a sus propuestas televisivas en los últimos meses («El fenómeno», «Después te explico»). Hoy, probablemente contagiado del espíritu navideño y por qué no decirlo cívico que nos embarga por estos días, quiero entregarle unas líneas de merecido reconocimiento.
Lo primero es valorar la forma en que se ha recuperado del mazazo financiero y sicológico que fue la estafa que sufrió hace cerca de una década. Lo mismo va para la manera en que se ha reinsertado en la televisión luego del percance mayúsculo que protagonizó al tijeretearle su larga cabellera a un camarógrafo de «Mucho gusto», lo que le acarreó un largo litigio judicial y su casi inmediato despido de Mega.
Y, remontándonos más hacia atrás, no puedo sino destacar la dignidad que lo impulsó a renunciar a Televisión Nacional al no sentirse cómodo recibiendo un sueldo millonario, pero sin tener proyectos en carpeta. Suena lo más lógico de decidir, pero no siempre pasa. La ética poco tiene que ver con la tendencia estadística.
Hurgando mucho más profundo en el tiempo, vuelvo a admitir, como lo hice en su momento, en la columna «¿Qué tiene Viñuela que no tenga yo?», que la encarnizada batalla que por años sostuve con el ya citado programa «Mekano» terminó con mi rendición incondicional. En dicho comentario señalé que el mismo lolo que empezó como el «Yeruba» de Verónica Calabi y llamaba al público del estudio a lanzarle sus zapatillas finalmente me había ganado el gallito. No podía contra la realidad de niños bailando axé en cada cumpleaños al que iba y con el éxito de un espacio tan adictivo a nivel masivo como en su momento lo fue «Sábados gigantes».

Espero de corazón, José Miguel, que en lo sucesivo mis críticas, por más ácidas que sean, te comiencen a resbalar. No son más que pruebas del destino para que demuestres de qué estás hecho. Es la historia de tu vida.

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