Chanchullos para niños

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Título/Pie de foto: Antonio Gil


Antonio Gil

El viento caldeado de la tarde estival nos empuja a veces a lugares insospechados e, incluso, alguna que otra vez, inconfesables. Pero en fin: fue justamente una de esas brisas de popa vespertinas la que nos llevó a recalar en un sitio bastante indescriptible: una réplica de ciudad (como si Santiago no fuera ya suficientemente réplica), pero de tamaño infantil, con tiendas, edificios, cines, autos y camiones y gente que circula por esa urbe algo onírica donde nos sentimos como Alicia en el País de las Maravillas tras haber dado un buen tarascón al hongo alucinógeno.

Niños entre dos y dieciséis años habitan, trabajan, comercian y sudan la gota gorda en esta urbe tan artificial como La Serena, pero donde cada pequeño puede experimentar hasta setenta profesiones diferentes (impostura que es bastante habitual también entre adultos), mientras sus padres, en una sala especial, hacen una cosa rarírisima: se deleitan mirando sus teléfonos, por cierto varias veces más inteligentes que ellos, o se conectan a Internet en superpantallas.

Se supone que en este lugar, llamado Insania o algo por el estilo, los mocosos aprenden el valor del dinero y la importancia que tiene el trabajo para poder obtenerlo y luego malgastarlo, y así sucesivamente, en esa eterna rueda que para los viejos no esconde misterio alguno. Terminan sus faenas y van los cabritos de compras, aprendiendo cuánta pega y cuánta lata cuesta ganar la comida, la ropa, las tristes diversiones, y cuán áspero es lograr llevar una vida medianamente decorosa. Los padres afuera, en tanto, experimentan una rara sensación de sadismo que se huele en el aire, mientras sus hijos vuelven a trabajar para seguir comprando. Es como si pensaran en voz alta: «Ahí tienen. ¿Cachan ahora los tontitos que no es papaya?».

Aprovechando un inexplicable descuento a la tercera edad, que nos deja la entrada en cinco mil quinientos, nos adentramos estupefactos en esta micropesadilla lúdica, entendiendo que lo más cerca que estuvimos alguna vez de algo parecido a un juego-negocio fue empuñando los dados del tablero del Metrópoli, cambiando láminas de álbum raras por cinco «fáciles» o transando un tirito de porcelana por veinte ojitos de gato.

Pero no nos dejaremos ganar por la nostalgia ni por la moralina al calificar este sitio bastante realista, donde los niños parecen divertirse como chanchos en el barro. Los tiempos cambian y, con él, los gustos, las ofertas, los colores. Sólo pensamos que, a estas alturas, al lugar le están haciendo falta sectores más privados para que los peques puedan realizar algunos pentamalabares o llegar dateados manejando un Lexus hasta eriazos que se puedan comprar como hectáreas agrícolas para venderlos al otro día a precio de metro urbano, haciéndose una pasada de aquéllas. Falta perfeccionar ese micromundo con rincones donde los niños puedan experimentar la realidad con todas sus deliciosas colusiones y malicias, sin olvidar las boletas emitidas por el canario o las declaraciones juradas por un pez cualquiera del acuario de la casa.

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