César Rodríguez Gutiérrez sobrevive en España
Estacionado día y noche frente al Consulado de Chile en Barcelona, exige residencia definitiva.
En la radio de su Hyundai Matrix celeste del 2007 tiene sintonizada Máxima FM, la cadena de música electrónica de España. El asiento del conductor es su oficina y debajo de los pedales hay bolsas con infinidad de certificados. El asiento de al lado es su cama y los de atrás podrían considerarse la despensa, donde guarda las botellas de bebidas para deportistas que sus amigos le regalan y las toallitas húmedas con las que cada mañana se asea. «Aquí estoy, en huelga de hambre», dice sentado en su oficina.
César Hugo Rodríguez Gutiérrez cuenta que estacionó hace 25 días su auto frente al Consulado de Chile en Barcelona, en la atosigante calle Caspe, y no se ha movido. «Aquí ya está haciendo frío. Tengo un saco de dormir y una frazada. Sufro de los huesos desde los 28 años», cuenta este soldador de 52, que dice que en Chile trabajó en calderas y en fundiciones. «Discriminado por la justicia y mi consulado no quiere servir de mediador», grita un cartel que pegó en uno de los vidrios del Matrix, junto con lo que quedó de una guirnalda de banderitas chilenas.
Asegura que tiene documentos y toda clase de requisitos para que le entreguen su residencia definitiva, pero las autoridades españolas se la niegan, por algo que sucedió poco después de llegar a España, el 2004, cuando comenzó a vivir en Terrassa, una ciudad a 35 kilómetros de Barcelona. «Apareció un señor chileno y me contó que alguien que él conocía hacía documentación legal a los chilenos», recuerda.
El soldador aceptó la propuesta y así obtuvo su DNI o Documento Nacional de Identidad, pero al poco tiempo supo que era falso y acudió al Ayuntamiento de Terrasa. «Me hicieron ir a Extranjería, llamaron a la policía, me detuvieron y me acusaron de ser falsificador. Yo había hecho la denuncia y me pusieron como imputado», explica.
La noche de uno de estos 25 días, jóvenes españoles le lanzaron una bolsa con cemento fresco. «Para enterrarte», le gritaron. El parabrisas del auto todavía tiene las huellas.
«Lo más claro y seguro es que me voy a morir. No se puede ser tan desgraciado en la vida», alega. Jura que lo último que comió fue un chilenito que él mismo hizo, hace 25 días.
¿Y la grúa?
«Ocupa precisamente la zona de aparcamiento reservado al coche del cónsul que, de momento, no ha querido llamar a la grúa para retirar un vehículo que llama la atención», escribió el periodista Edwin Winkels en «El Periódico» de Barcelona.


