A ratos sentimos, entre tanto barullo y tanta malevolencia, una pasajera y vaga envidia por los 33 mineros que pasan sus días a 700 metros debajo de los festejos bicentenarios.
Pasada la extrema ansiedad y la natural angustia inicial, provocadas por la búsqueda frenética, y ya sabiendo que los 33 mineros de la mina San José están vivos, animosos y bien de salud, se nos viene a la memoria una lectura del polaco Ferdinand Ossendovsky, autor galardonado por la Academia Francesa, y que está bien lejos de ser un charlatán. Este aventurero narraba una singular historia que conoció en sus viajes por Mongolia, de boca de un príncipe y su Gran Lama, la que se resumiría más o menos así:»En otros tiempos habían existido dos continentes muy desarrollados, uno se encontraba en el Pacífico y el otro en el Atlántico. Luego de tiempo desaparecieron bajo las aguas de los océanos, pero parte de sus habitantes emigraron y encontraron refugio en vastos albergues subterráneos. Estas cuevas se hallaban iluminadas por una luz especial de color verde, que permitió el crecimiento de plantas y aseguró la supervivencia a una tribu perdida de la humanidad prehistórica. A este reino de los inmortales se le llamó Shamballa, capital o centro matriz de un gran paraíso llamado Agartha».
En casi todas las culturas existe el mito, idéntico, de civilizaciones compuestas por seres sabios y desarrollados que habitan regiones subterráneas, accesibles sólo a los grandes iniciados. Hoy se ha calculado que la corteza terrestre tiene un espesor que llega hasta los 70 kilómetros, bajo los cuales el inconsciente humano ha instalado El Dorado, la Ciudad de los Césares, El Roncador, Hayumarka, Erks y la antártica Ciudad del Arcoíris, sólo por mencionar algunas pocas de entre las cientos que cruzan el planeta azul como un verdadero queso gruyère de mitológicos reinos perdidos y ocultas ciudades sin muerte.
Nuestra mente asigna, como vemos, a las honduras de la Tierra misteriosos poderes ligados casi siempre a la sabiduría, a la paz espiritual y a la longevidad. Y, pese a que no hay demostración científica alguna de la realidad de dichas civilizaciones inteligentes que habitan en galerías subterráneas, sí existe un muy viejo legado tradicional que asegura la existencia de personas, de aspecto como el nuestro, pero dueños de una inmensa ventaja evolutiva, bajo el «cortex» terrestre. ¿Qué nos dicen esos mitos? ¿Cuánto tiempo hará falta para impregnarse de esa sabiduría y esa sutil serenidad de espíritu hoy tan escasa a la luz del sol?
A ratos sentimos, entre tanto barullo y tanta malevolencia, una pasajera y vaga envidia por esos «viejos» de la mina, que pasan sus días más cerca del corazón mismo de la Gran Madre, sintiendo sus susurros, su arrullo aterrador, a 700 metros debajo de los festejos bicentenarios, de que éste dijo eso y el otro le contestó aquello. A ratos, por estos días, a este humilde escribidor, debe confesar, le asaltan muchas, pero muchas ganas de sentarse bajo un árbol en esa hundida Agharta sin tiempo, a fumarse un Cohiba mirando cómo el verde y eterno atardecer inunda los abismos.


