Me preparó para enfrentar momentos difíciles, dice el gobernador de la Región Metropolitana
Alcanzó los 6.961 metros de la cumbre más alta de América.
«El año pasado fue difícil, pero durante todo ese tiempo tuve un propósito, que ha sido mi principal desafío de la vida». Así define Claudio Orrego el período más complejo de su gestión. Mientras la Fiscalía lo acusaba de fraude al fisco por el convenio de 1.683 millones con Procultura, en paralelo se preparaba para subir el Aconcagua.
El 17 de febrero, la Corte de Apelaciones rechazó de forma unánime su desafuero, aunque siguen acciones civiles por fondos no rendidos. Un mes antes, en enero, había encabezado una expedición de dos semanas y alcanzado la cima del Aconcagua (6.961 metros), en medio de la mayor presión judicial y política de su gestión. «Entrené todo el año, corrí, hice entrenamiento funcional. Desde hace tres años subo todos los miércoles el Cerro del Carbón a las cinco y media de la mañana», cuenta Orrego. «La expedición dura dos semanas porque debes aclimatarte», relata. «Subes a dejar carga, bajas a dormir más abajo y el cuerpo se acostumbra. A gran altura se recibe cerca del 30% del oxígeno del nivel del mar. Hicimos cinco campamentos; el último, a 6.000 metros. Nunca había dormido a esa altura. Desde ahí son casi 1.000 metros de ascenso, entre 10 y 12 horas. Es un desafío físico y mental muy grande», explica.
¿Fue un objetivo personal o también una forma de procesar los cuestionamientos en lo público?
«Desde hace muchos años subo cerros como deporte y, por el contacto con la naturaleza, la paz que te da. Cuando asumí como gobernador, en 2021, decidimos transformar a Santiago en la capital del turismo de montaña de América Latina y reconocer que es una ciudad de cerros y montañas. Tiene 26 cerros isla y una cordillera maravillosa, relegada a ser el patio trasero de la ciudad. Hemos invertido en el Parque Cerro Chena, en el Parque Cerro Renca, recuperamos el Tupungato con un nuevo refugio y hemos impulsado muchas actividades en esa línea. El Aconcagua surgió en diciembre de 2024, cuando conocí a Julio Soto, un médico chileno que lo subió con una sola pierna, junto a Alejandro Calvo y su fundación América 6.000. Me dijo: Si yo pude subir el Aconcagua con una pierna, ¿cómo no vas a poder subirlo tú?. Tomé la decisión hace más de un año, me preparé y entrené con Alejandro, que fue guía de la expedición. El año pasado fue difícil, pero durante todo ese tiempo tuve un propósito. Había corrido maratones y subido cerros complicados, pero subir el techo del continente es otra cosa».
¿Qué fue lo más complicado?
«Arriba uno no tiene hambre ni sed, pero debe comer y tomar cuatro o cinco litros de agua al día. Para mí lo más difícil fue dormir. Nunca había tenido insomnio y descubrí que es síntoma del mal de altura. Hubo noches en que no dormí nada. Con apoyo médico y algo de medicación lo manejé. Lo más complejo fue el insomnio y la falta de apetito. Físicamente había tenido experiencias duras, pero esto fue distinto. Es un deporte que invita a la introspección. El día de cumbre fueron 12 horas caminando en silencio. Escribí un diario todos los días. La montaña es una metáfora de la vida: necesitas un propósito, un plan, disciplina y perseverancia. No se improvisa. Y hay que aprender a ir despacio. Si te apuras, te apunas y no llegas. Yo soy acelerado y trabajólico; este fue un gran aprendizaje».
¿Es más difícil subir la montaña o enfrentar el caso ProCultura?
«El desafío de ascender el Aconcagua me preparó para enfrentar momentos difíciles. No son solo las dos semanas de expedición, es un año de entrenamiento. La montaña te da distancia de los problemas, serenidad y perspectiva. El año pasado fue duro en críticas y acusaciones infundadas. La montaña me permitió recargar energía y mantener paz interior. Uno vuelve con más perspectiva. Después de un año difícil, terminas con más aprendizajes que dolores. Lo peor en un desafío complejo es perder la serenidad. Me gustan los cóndores: toman altura para mirar todo y planean incluso en vientos tormentosos. Esa imagen me acompaña. Fue una sincronía especial haber tenido este propósito en un año complejo. Subir una montaña no es evadir problemas, es buscar energía y serenidad para enfrentarlos.
El caso ProCultura puso bajo la lupa el uso de recursos públicos por parte de fundaciones. ¿Qué aprendizajes le deja esa situación sobre la fiscalización y los controles en su administración?
«En la formulación y ejecución actuamos de manera impecable como Gobierno Regional. Exigimos pólizas donde la ley no lo pedía y vamos a cobrar hasta el último peso. Hubo apropiación indebida y aprendí dos cosas que no repetiría. Primero, no volvería a entregar fondos en una sola cuota, aunque la ley lo permitiera. Tuvimos 75 convenios y en todos se hizo así. No lo haría de nuevo. Segundo, se nos dijo que las boletas de garantía eran equivalentes a pólizas de seguro de primer requerimiento. Si llevamos dos años en juicio para recuperar la plata, el instrumento no era tan bueno. Desde ahora, no se entrega en una cuota y solo se aceptan boletas de garantía».
También se puso en duda la relación entre fundaciones y recursos públicos. ¿Qué autocrítica hace?
«Las fundaciones son fundamentales para colaborar con el Estado. No podemos castigar a todas porque una de 75 lo hizo mal. A ese hay que sancionarlo. Mejoremos los mecanismos y controles, pero no limitemos su rol como colaboradoras.
¿Qué le enseñó la montaña?
«Que para conseguir grandes cosas necesitas un propósito claro, un buen plan, disciplina, un buen equipo y humildad. Y que para llegar más lejos y más alto, a veces hay que ir más lento».


