Nuestro carácter nacional consiste en abortar aquello que parecía estar funcionando bien. Bueno, eso es el lío del fútbol, donde operan juegos de poder que este cronista no conoce.
No sé si sea cierto que largos dedos se inmiscuyeron desde La Moneda (no lo creo imposible), pero así como algunos anuncian su desilusión por la partida de Bielsa, a mí me aplasta algo más vasto: la imposibilidad de comprender por qué esta ciudad insiste en autodestruirse. O sea, por qué la destruyen poco a poco los autos, de incalculable número. Son vehículos con motor de explosión demográfica. Un gran tema para los urbanistas, supongo, y no sólo por el humo de los tubos de escape o el ruido del tráfico. También por el indirecto efecto sobre la arquitectura de los barrios, aunque eso resulta más difícil de explicar. Pero piensen un rato en ello.
¿Bielsa? Tal vez debería decir: la imposibilidad de comprender a «este país» como colectivo antropológico, y ahí recordar que nuestro carácter nacional consiste en abortar aquello que parecía estar funcionando bien. Bueno, eso es el lío del fútbol, donde operan juegos de poder que este conductor no conoce.
Conductor de vehículo motorizado, se entiende, porque es en las sofocantes calles de Santiago donde de veras se juega y se estropea el estado de ánimo de quien esto escribe. En una de ésas, soy un bicho raro y nadie comparte mi sentimiento del mundo.
Cuántas veces, haciendo oídos sordos a una ensalada de bocinazos irritados, he realizado una maniobra desconcertante con la esperanza de encontrar una ruta más expedita, y como resultado he caído redondito en un taco mucho peor que también es redondo (una rotonda de la que no puedo salir, y ya van tres vueltas seguidas). En esos momentos se aprecia la verdadera fibra moral de los ciudadanos. La mía parece débil. Trato de pensar en cualquier cosa mientras el músculo impotente de la mandíbula se pone duro (no es una paradoja) y el cuero cabelludo comienza a sudar un veneno mental dirigido a los demás circulantes por la rotonda en cuestión. Una vez leí que la presión arterial de un conductor se eleva cuando su vehículo se ve inmovilizado en medio de un taco, sea redondo o rectilíneo. Quién sabe. Ese día de las mil vueltas, cuando iba en la número trece sentí que se me arrugaban los labios y me crecían los dientes, como si fuera a morder el volante. Aproveché el involuntario gesto para -con un par de muecas- pedirle sin éxito al auto vecino que me dejara cambiar de pista.
Una hora y media más tarde crucé el umbral de mi casa sin saludar a nadie. Fui hasta la habitación más recóndita. Me zambullí entre las sábanas heladas y ese frío fue un bálsamo. Estiré una mano y agarré el primer libro del velador. «Muera la modernidad», murmuré, y me dije: «Un dictador ilustrado regularía drásticamente la importación de automóviles. Prohibiría la demolición de los más hermosos edificios. Florecería el amor. Etcétera». El libro era un manual de etnografía. Aquí se describe la vida de los pueblos ágrafos o «primitivos», pensé, libres de la chatarra industrial. Leí una página al azar, sobre las costumbres sexuales y matrimoniales de un pueblo de Nueva Guinea: «El tío adopta a su sobrino tras la iniciación y finalmente le dará a su hija como esposa; a modo de intercambio por esta donación, se supone que el sobrino hará de esposa de su tío durante algún tiempo». No pude dormir. Pasé toda la noche imitando el sonido de un motor.


