Multitud sin control arrasó con todo lo que pudo
La imagen de la calle Padre Hurtado, en pleno centro de Concepción, parece sacada de una película del fin del mundo. Construcciones derrumbadas, policía intentando poner orden y miles de personas circulando a pie, sin rumbo, entre gritos y caras de desesperación.
En la capital de la región del Bío Bío la angustia deriva rápidamente en la sórdida sensación de que es posible hacer cualquier cosa. No hay micros ni taxis. Ni siquiera combustible para los que tienen auto. Los que pueden se movilizan a dedo, el resto camina largos trechos sin saber lo que ocurre en el resto del país, ya que tampoco hay electricidad y no han visto una sola imagen. Qué importa. Su peregrinaje es en busca urgente de comida y un lugar seguro.
En una mezcla de desesperación y solidaridad, algunos pequeños locales de barrio abren sus puertas, pero quedan vacíos en minutos, al principio por la compra compulsiva, pero luego derechamente por el saqueo, del que no se salvaron ni las distribuidoras de helados, ni las bencineras, ni los lugares de venta de ropa americana. Es un caos incontrolable. Lluvia de cajas desde el techo de un supermercado Lider, algunos salen desde las cortinas metálicas con bolsas de papel higiénico y alimentos, otros con carros repletos de televisores LCD, zapatillas, ropa y hasta cerveza.
Algunos alegan, otros purgan su rabia contra los reporteros de televisión que grafican la escena, ubicada justo enfrente del edificio de 12 pisos que se vino abajo con el sismo. La policía mira, intenta actuar, no se puede. El terremoto transformó a Concepción en tierra de nadie.
A dos cuadras, el local de la molinera El Globo también sufría. Su administrador, Óscar Enmendra, se fue desconsolado del lugar y no tuvo más que decirle a un funcionario que cerrara cuando la gente dejara de sacar todos los quintales de harina que pudiera. Todos sacaban. Personas desesperadas, todoterrenos y hasta camiones cargados con sacos
salían del lugar. «Esto no puede ser. Llévense dos o tres, pero no tantos», alegaba un solitario testigo. Nadie le hizo caso. El taco era gigante y lo que no se alcanzaban a llevar se lo comían los pájaros que revoloteaban el sector. En algunos sectores, vecinos defendían a punta de escopeta sus pequeños locales, cosa que no ocurrió en las bencineras.
En la Terpel de calle Los Carrera, por ejemplo, la gente sencillamente abrió los depósitos de bencina con herramientas hechizas.
Por la tarde, la ciudad era un basural. Los restos de los saqueos inundaban calles y veredas. Vidrios y botellas servían de armas a delincuentes que aguardaban su oportunidad a fuera de cualquier local. El gobierno de Michelle Bachelet acusó el golpe y echó mano al último recurso: se decreta estado de excepción constitucional y toque de queda para la región del Bío Bío entre las 21 y las 6 horas del día siguiente. Es una medida de emergencia, extrema, utilizada por última vez en 1987 por el régimen militar. El artículo 41 de la constitución permite al gobierno limitar la libertad de locomoción, reunión y trabajo. Penquistas y maulinos deben encerrarse obligatoriamente en sus casas, la mayoría sin servicios básicos. De lo contrario, militares tienen permiso para disuadir o detener a punta de escopeta.
El rumor corre por la incomunicada ciudad. Suena fuerte, inédito, parece una postal del pasado más caótico y oscuro.
Pero a pocos les importa. Ni siquiera cuando, a las 17 horas, comienzan a verse las primeras camionetas con uniformados armados en sus pickup. Ya la idea no es abastecerse, sino robar lo más que se pueda y hacer justicia de cualquier manera por todo lo que la naturaleza les quitó. Lo que ocurra a la noche, poco importa.


