Consideraciones tembleques

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No hay cómo ni para qué eludir la obsesión que nos ha provocado el terremoto. Se trata de un suceso demasiado importante, complejo, cuyas réplicas, renovadas todos los días, no son solamente telúricas.

En medio de los múltiples e ininterrumpidos despachos periodísticos en las zonas afectadas por el terremoto, hubo uno muy curioso de Santiago Pavlovic desde Lota: en ese lugar entrevistó a una pareja de misioneros laicos españoles que se había salvado de la catástrofe junto a sus siete hijos. La mujer adjudicó a la bondad del Señor esta escapada milagrosa y Pavlovic le sugirió que el Señor, por su omnipotencia, podría tener alguna responsabilidad en la catástrofe. Ella lo miró perpleja y se le trabó la respuesta; ahí intervino el marido, diciendo que el mal radica en el corazón del hombre.

Ya nadie -salvo algunos gringos majaderos en internet- considera que espantosas calamidades como la que vivimos el 27 de febrero son un castigo de Dios a nuestras iniquidades, pero me parece que es eso lo que quería dar a entender el matrimonio español. Por lo demás la idea es conocida: para nuestros tatarabuelos era la explicación más a la mano cada vez que temblaba más fuerte de lo razonable. Incluso en el terremoto de 1985 se vio gente golpeándose el pecho en la calle y gritando al cielo «¡por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa!».

Es sabido que el terremoto de Lisboa de 1755 cambió el curso de la filosofía europea, precisamente en el punto en que se cruza la existencia de Dios y la presencia del mal. Voltaire y Kant escribieron sobre el abominable acontecimiento, que para mayor énfasis simbólico se verificó el primero de noviembre y fue seguido de un maremoto y de un incendio que terminaron de destruir la ciudad. Kant incluso publicó un estudio en que señalaba, como origen de los terremotos, ciertas cuevas subterráneas atestadas de gases calientes.

Un protagonista interesante en este caso es el Marqués de Pombal, primer ministro portugués. Era absolutista, pragmático, frío y de decisiones rápidas. Fue él quien organizó las cuadrillas de bomberos y mandó a fusilar a los saqueadores. Su orden de lanzar los cadáveres mar adentro evitó la propagación de pestes. La encuesta que hizo contestar a los habitantes de la ciudad -con detalles de apreciación muy precisos- es una especie de protohistoria de la sismología. Cuando presentó su proyecto de reconstrucción de la ciudad le objetaron que las calles fueran tan anchas. Su respuesta: «Un día serán pequeñas».

No hay cómo ni para qué eludir la obsesión que nos ha provocado el terremoto de febrero. Mejor no ponerle obstáculos y dejar que libere su energía, como placas tectónicas. Se trata de un suceso demasiado importante, complejo, cuyas réplicas, renovadas todos los días, no son solamente telúricas. El miedo, la compasión, la incertidumbre, la conciencia del fin, la ciencia, la superstición, las teorías conspirativas, la fe, el escepticismo, todos esos elementos se activan en el alma de un suácate, como potiches que tiemblan todos juntos sobre una repisa. El terremoto nos hace ser dobles o triples, y de ahí el estrés que padecen en este momento muchas personas: tratamos de continuar la línea normal de la vida, pero tenemos todos los sentidos haciendo «trabajo de fondo», atentos a los crujidos, a los leves zamarreos de los vidrios o al inefable aspecto que adquiere por estas noches la tenebrosa luz de la luna.

No hay cómo ni para qué eludir la obsesión que nos ha provocado el terremoto. Se trata de un suceso demasiado importante, complejo, cuyas réplicas, renovadas todos los días, no son solamente telúricas.

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