En noviembre de 1938 los nazis perpetraron «La noche de los cristales rotos», el primer ataque masivo y planificado en contra de los judíos en Alemania. Esta agresión desencadenó la huida desesperada de los judíos alemanes. Sin embargo, la mayoría de los países europeos y también los Estados Unidos se cerraron o establecieron cupos muy restringidos para el ingreso de judíos.
Se dio entonces el dramático escenario de buques colmados de refugiados que giraban en busca de un país que los recibiera. Afortunadamente, en esos tiempos aciagos, surgió, muy lejos de Europa, un alternativa de refugio.
Apenas asumida la presidencia de Chile, don Pedro Aguirre Cerda, levantando la muy noble tradición chilena de asilo a los perseguidos, declaró una «política de puertas abiertas» para recibir a estos desventurados.
La súbita inmigración provocó el rechazo de ciertos sectores de la sociedad chilena, ya fuera por motivos de competencia laboral, de una supuesta inutilidad de estos extranjeros o derechamente por prejuicios racistas. En este virulento escenario estalló el escándalo.
Funcionarios de la Cancillería chilena habrían extorsionado a judíos en Europa para otorgarles las visas de ingreso a Chile. El vergonzoso tráfico de personas fue denunciado, vaya paradoja, por el diputado Jorge González Von Marées, líder del movimiento nacional socialista chileno.
La motivación oculta fue sabotear el ingreso de judíos al país, pues según este personaje, el asilo era un vil negocio. El canciller chileno, Abraham Ortega, se vio obligado a renunciar y la política de puertas abiertas se suspendió hasta nuevo aviso. A pesar de estas mezquinas maniobras, nos debe enorgullecer que el asilo chileno, de los pocos en el mundo, permitió salvar a más de 12.000 judíos de la barbarie nazi.


