La furia de la multitud es siempre ciega, crece y se retroalimenta en poco segundos.
Los linchadores siempre están equivocados. Da lo mismo que su indignación sea o no razonable, da lo mismo si vieron lo que vieron o lo oyeron, o creyeron ver. Da lo mismo lo horroroso que sea el crimen que están vengando, lo justo que parezca su venganza. Un asesino, un violador, un abusador es un hombre, una cabeza, dos brazos. La multitud que lincha son cien brazos, mil piernas. Por más grave que sea la ofensa, nunca es proporcional a la pena, esa terrible venganza sin cara en que nadie se hace responsable de sus actos, en que todos son culpables y todos inocentes.
La furia de la multitud es siempre ciega, crece y se retroalimenta en pocos segundos. No se contenta con golpear, con vengarse, quiere eliminar al otro, destrozar todo rastro de su existencia. Es una danza macabra que quiere exorcizar viejos fantasmas, una forma de transformar todas las cientos de rabia en una sola y perder el nombre y la cara, ser un poco dios y un poco el diablo, juzgar sin mirar en plena pasión.
Es también una forma de cobardía. Porque, como en Pudahuel, al final nunca se sabe muy bien quién vio qué y a quién. Corría el enemigo por la calle, todos gritaron, era el momento, subía la nube de polvo en la plaza, había olor a sangre, los dioses tenían sed, había que saciarlos cueste lo que cuesta. No importa que el costo sea una vida o una dignidad humana, los dioses tienen sed y hay que darles sangre.


