«Cuando subimos la cuesta Zapata fue espantoso»

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Mariela Sotomayor describe su peregrinaje a Lo Vásquez

Lo primero que hizo al llegar al santuario fue comprarse hawaianas.Llegó con los pies destrozados, pero feliz.

Mariela Sotomayor recuerda que apenas llegó a la zona del comercio en Lo Vásquez, lo primero que hizo fue comprarse una hawaianas. Lo único que deseaba era sacarse las zapatillas.
Eran cerca de las 11 de la mañana del domingo cuando la periodista finalmente llegó al santuario ubicado entre Santiago y Valparaíso. «Diariamente, por lo que me marca mi celular, yo doy como 3.000 pasos. El sábado di 37.642 pasos y el domingo fueron 46.798 pasos».
Con esos números Mariela resume la travesía que empezó el sábado. «Yo soy una mujer muy creyente, pero nunca había hecho una procesión o peregrinación de este tipo. Hace unos tres meses me puse a conversar con la señora Cecilia, que es la persona que trabaja en mi casa, cuida a mis niños, y le comenté que tenía ganas de hacer algo así.
Ella me contó que iba todos los años a Lo Vásquez, a pagar una manda por su papá. Así que ahí acordamos ir».
Mariela cuenta que se juntaron en el metro San Pablo con la señora Cecilia, su hermana, su hermano y un sobrino. Un auto los llevó hasta una Copec que hay al inicio de la ruta 68. «El conductor me regaló su chaleco reflectante», cuenta Mariela, quien llevaba agua, agua congelada, bloqueador, unas barras de proteínas y saco de dormir.
«Sentí que era una una linda manera de terminar este año sellando mi compromiso con Dios, he vivido momentos difíciles y quería ir para confirmar mi fe. Yo salí muy ingenuamente, como si saliera de excursión. Iba con harto miedo porque no soy tan buena para caminar y tengo algunos problemas lumbares. Empecé a caminar feliz, en la tarde se puso a llover, pero todo bien».
¿Por cuánto rato caminó bien?
 
«Hasta como las 7 pm. Ahí empecé a sentir que los pies me quemaban. El lado del pie izquierdo me rozaba muchísimo con la zapatilla y era una fricción que era como que estuviera metiendo un pie en una cuestión con fuego. Trataba de pensar que no importaba y me acordaba de Pangal que en el reality que estuve decía que todo es mental. En eso llegamos a Curacaví, a la plaza y una señora nos ofreció consomé».
¿Qué momento recuerda muy difícil?
 
«Cuando subimos la cuesta Zapata. Ahí fue espantoso. En un momento tuve miedo porque primero fue el dolor de los pies, pero después el dolor empezó en las rodillas. Ya después en la cuesta Zapata el dolor estaba en las caderas. En un momento pensé que si daba un paso más me iba a caer y pensaba qué hago si me caigo y no puedo seguir. Me puse nerviosa».
¿Sentía como que se iba a desarmar?
 
 
«Claro. Exactamente, pero seguí. Mis compañeros me habían dicho que había personas que abrían sus casas para que las personas descansaran. Pasan sus patios para poner carpas. Llegamos a la casa de una señora en Casablanca como a las 1.30 am. Ahí nos comimos unos pancitos amasados con mantequilla. No llevábamos carpas, pero tiramos los sacos y dormimos a la intemperie. Después de haber caminado miles de pasos, acostarme en el suelo fue lo máximo.
Dormimos una hora y volvimos a la ruta como a las 3 am. En la carretera había una señora que tenía una manda de regalar berlines. Estaba con su marido en la noche y nos regalaron berlines. Los guardamos para el desayuno».
 
¿Cómo fue ponerse las zapatillas nuevamente después de descansar?
«Sentía como que tenía espinas dentro de la zapatilla. Ahora tengo una ampolla grande, pero en ese momento me miré los pies y no tenía nada aún.
 ¿Su grupo la tenía que esperar?
«Sí, se iban turnando para acompañarme atrás. Ellos lo han hecho 15 veces, sabían a lo que iban, pensaban que iban a llegar como a las 7-8 am, pero disminuí un poco el ritmo. Pero nos reímos mucho, conversamos de la vida, del amor, de los hombres. Fue una noche mágica».
¿Cómo fue la parte final? 
«Hay una cuesta antes de llegar al santuario, una subida impresionante. Era un camino sin fin, el camino al cielo, como en las películas. Fue súper duro, porque a esa altura lo único que quería era llegar».
¿De qué hora estamos hablando?
«Llegamos a las 11 de la mañana. Yo a esa hora ya tenía una cara de loca. Las zapatillas me las tuve que abrir lo más posible en un momento y después me compré las hawaianas. Pero una vez que llegué ahí fue súper bonito, muy emocionante».

Mariela se quedó como una hora y media en el santuario y luego se devolvió en auto, con una hermana de la señora Cecilia que fue en ese medio de transporte.

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